Una profunda falta de respeto por la vida y la dignidad humanas
La Iglesia Católica, que se
presenta como la gran defensora en este principio de siglo de la vida y la
dignidad humanas, muestra, sin embargo, una profunda falta de respeto tanto por
la vida como por la dignidad humanas.
Muestra una profunda falta de
respeto por la vida puesto que defiende con total frialdad el sacrificio de una
vida, si es que dicho sacrificio es exigido por un razonamiento cuyas premisas
son teológicamente validadas. En esto se muestra cruelmente irrazonable. Hace algunos años, se abrió la
posibilidad de curar casos graves de leucemia infantil, mediante el
procedimiento de utilizar una técnica de reproducción humana asistida que
asegurara un embarazo, por medio de la selección de embriones, de un hermano
histocompatible, de manera que se pudieran obtener posteriormente células del cordón
umbilical para repoblar la médula
del enfermo. Cuando una pareja española consiguió de esta manera salvar la vida
a su pequeño primogénito, la Conferencia Episcopal Española se apresuró a
sostener que "el
nacimiento de una persona humana ha venido acompañado de la destrucción de sus
propios hermanos, a los que se les ha privado del derecho a la vida" (El
País, 26 de octubre de 2008). Con lo de "propios hermanos" se refería
a los embriones no implantados en el procedimiento. Dicho de otro modo, la
Iglesia exigía el sacrificio del niño enfermo para preservar la vida de los
embriones in vitro.
Cualquier
persona que de buena fe se tome en serio el problema y trate de dar una
respuesta razonable al mismo, estará dispuesta a considerar el asunto a partir
de sus principios pero también a considerar sus principios a partir del asunto.
Cualquier persona razonable se da cuenta de que no se le puede decir al niño enfermo
que por razones morales debe morir puesto que sus intereses pesan lo mismo que
los de unos embriones in vitro. Decir
esto es no tener respeto por la vida humana. En realidad, la Iglesia más que a
la vida o al sufrimiento humano le muestra respeto a la autoridad sapiencial de
sus jerarquías (porque están mezcladas las ideas de verdad y autoridad, hasta
el punto que para ellos la verdad es lo que dice la autoridad). Así que si en
un momento histórico alguna autoridad eclesiástica ha venido a decir que la verdad
es que Dios insufla el alma en el momento de la concepción (desdiciéndose de la
verdad establecida con anterioridad, por ejemplo que Dios insufla el alma
cuando lo gestado tiene forma humana), entonces los príncipes de la Iglesia
aplican el principio, como una mera derivación lógica, a los problemas de la
realidad, con independencia de cuán
aberrantes sean sus consecuencias.
Para proceder de esta manera,
para pensar así los problemas éticos, hace falta algo más que una mera idea:
hace falta desprenderse de la empatía, de la humanidad que se compadece del
sufrimiento y del deseo de ponerle fin. Estos príncipes de la Iglesia están
preparados para ello: envueltos en el sostenimiento de un patriarcado medieval,
alejados de la parte femenina del mundo, condenados a un celibato que, como
mínimo, les hace imposible experimentar, al menos sin contradicción, el calor y
la ternura de una caricia; preparados, en definitiva, para defender el dogma
contra el hombre.
La Iglesia muestra una falta
profunda de respeto por la dignidad y la vida humanas cuando quiere obligar a
una mujer, bajo la amenaza de cárcel, a gestar a un niño anancefálico, que no
podrá sobrevivir más de veinticuatro horas fuera del claustro materno, aun
cuando dicha gestación pueda desembocar con muchas probabilidades en la muerte
de la gestante (y, por ende, del niño). A la mujer se la quiere privar de esta
manera del derecho a decidir sobre su propia vida y se la convierte en un puro
instrumento al servicio del respeto de una idea teológica, una pura
abstracción, episódicamente triunfante en los interminables debates teológicos,
que se quiere imponer contra la libertad religiosa y sean cuales sean las
consecuencias.
En definitiva, para la Iglesia
Católica el problema de esta chica de 22 años de El Salvador, que se halla en
tan terribles circunstancias, no es, paradójicamente, ni siquiera un problema,
en el sentido de una cuestión que merece ser considerada en serio. De ahí que
arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, advierta a las personas que
promueven el aborto en este caso que "no lo hagan por caridad, no es
justo" (Agencia EFE, 21 de abril). Esto significa que ninguna
circunstancia puede abrir la puerta a la revisión de los dogmas, ni siquiera
para considerar la posibilidad de una excepción. La falta de respeto por la
vida y la dignidad humanas es enorme.