jueves, 28 de octubre de 2010

El infierno de las estadísticas: más salsa bolognesa

¿Han tenido la suerte de ver la serie "The wire"? Si no es así, pues la recomendación va en la pregunta.
Unos de los aspectos más llamativos de la serie es la importancia que la policía, el ayuntamiento, los servicios sociales y las instituciones educativas de la ciudad de Baltimore atribuyen a las estadísticas. Las estadísticas lo son todo.
Para la sección de homicidios, la única cuestión es la ratio entre casos abiertos y cerrados en el plazo de referencia, esto es, un año natural. Si a 31 de diciembre hay un porcentaje de casos no solucionados superior al 50% de los abiertos, mala cosa. ¿Cómo evitar esta situación que puede despertar a los burócratas supervisores de la labor policial? Pues una manera es solucionando realmente más del 50% de los casos que se presentan. El problema es que esto es realmente difícil, si no imposible. De ahí que haya que utilizar vías alternativas: por ejemplo, no dándose por enterado de que se ha producido un homicidio (si no hay cadáver, no hay homicidio), discutiendo con ferocidad a qué servicio le corresponde el caso (si se descubrió en el puerto no es de homicidios de Baltimore), dejando abierta la posibilidad de que alguien se suicide torturándose a sí mismo, no abriendo unas casas abandonadas en las que según informes fiables pueden esconderse más de diez cadáveres (por lo menos hasta el 1 de enero, que ya computa por el año siguiente), etc. ¿Exagerado? ¿Pueden ser realmente las cosas de esta manera? Yo pensaba que sí, que se trataba de una exageración.., hasta que en la cuarta temporada de la serie se centran en las escuelas públicas de Baltimore. Lo de la educación lo conozco, así que todo me empezó a sonar conocido.
Nos introducen en la vida de una escuela pública en un barrio marginal. Los niños y adolescentes van a clase y trafican con drogas en sus esquinas. Muchos de ellos abandonan el curso o si permanecen en la aulas no hacen más que provocar a sus profesores. Difícilmente puede la escuela cumplir con sus objetivos. ¿Pero cuáles son estos objetivos? Desde mucho tiempo atrás, cumplir con ciertos baremos que fijan las autoridades supervisoras porque en otro caso la escuela pierde financiación. Así que la escuela debe obtener un mínimo de nota media en el examen oficial de fin de curso que se les hace a los alumnos. Dicho examen está muy por encima de las posibilidades reales de los estudiantes, de hecho se muestra cómo para conseguir algún logro pedagógico los profesores deben poner en marcha mil estrategias diferentes. Es una pérdida de tiempo centrarse en el examen. Solución: bajar el listón de manera que las notas ya no reflejan el nivel de conocimientos de los estudiantes sino su adaptación al mínimo exigido por las estadísticas.
Otro ejemplo: la escuela debe acreditar un mínimo de presencialidad de los alumnos en sus clases para conservar su financiación. Para ello cuentan con un programa de "vuelta a las aulas". Unos trabajadores de la escuela van a la calle a buscar a los niños que deben estar en clase y los traen de vuelta. La eficacia del programa se mide por el número de niños diferentes que cada mes han sido traídos de vuelta a las aulas. De ahí que estos trabajadores disponen de una lista de ausentes y los llevan a la escuela sólo un día al mes, que es lo que cuenta, y los dejan en paz hasta el mes siguiente que volverá a contar. Los niños que ya se lo saben, cuando llega la furgoneta "escoba" les aclaran que hasta el mes que viene no les toca. Y así "ad nauseam".
Todo son estadísticas en "The wire". Quien tiene una estadística a su favor "salva su culo", quien no, pues pierde financiación o directamente el puesto.
Ahí vamos de cabeza en la universidad española en salsa bolognesa. Si no tienes un buen porcentaje de aprobados, menos financiación. Si no tienes un mayor número de tesis doctorales dirigidas, no hay acreditación. Si no publicas más, lo mismo. ¿Qué es lo que va a ocurrir? ¿Que aprobarán más estudiantes porque sabrán más? ¿Que se dirigirán más y mejores tesis? ¿Que se escribirán más y mejores artículos?. Por supuesto que no: se bajará más y más el listón para el aprobado, se dirigirán más y peores tesis doctorales, se escribirán más y peores artículos.
El proceso de Bolonia termina ahí: maquillaje estadístico. Una desgracia.

martes, 26 de octubre de 2010

"Vargasllosada"

La religión política que profesa el divino Vargas Llosa le ha empujado a publicar un artículo salvándole la cara al movimiento “Tea Party” que se titula “Las caras del Tea Party” (El País, 24 de octubre de 2010). Supongo que en el momento en que sus admirados lectores de izquierdas más dispuestos estamos a la reconciliación, satisfechos por la concesión del premio Nobel, Vargas Llosa ha sentido la llamada del sacrificio, de la imprecación religiosa y de decir como Jesucristo cuando sus hermanos y su madre querían verlo en público que no, que mis hermanos son estos otros. Eso sí, con la confianza proselitista de que nos acerquemos a sus ideas.

La idea principal del artículo está resumida en su título. El “Tea Party” no sólo es una cuestión de radicales aberrantes de ultraderecha partidarios de las armas, homófobos, integristas religiosos, etc. Pensar que sólo es eso, nos dice nuestro querido escritor, es “pura paranoia o afloración de deseos reprimidos de los enemigos de Estados Unidos”.

Los argumentos de Vargas Llosa son básicamente que 1) el Tea Party complica más la vida a republicanos que a demócratas, 2) no es un partido político sino un movimiento, y 3) en la entraña de dicho movimiento (por debajo de sus dirigentes y su cara más visible) hay algo “sano, realista, democrático y profundamente libertario”, a saber, “el temor al crecimiento desenfrenado del Estado y de la burocracia”.

Los dos primeros argumentos creo que son totalmente irrelevantes. Los movimientos de ultraderecha siempre complican más la vida electoral de los partidos de derechas que la de los de izquierdas, aunque terminan complicando la vida de todos los ciudadanos. Podría decirse aquello de “chocolate por la noticia”.

El tercer argumento, que no se puede decir que sea irrelevante, tiene dos partes. La primera es la disociación entre lo que el Tea Party parece ser y su entraña escondida. Es un ejemplo de una forma de argumentar muy común que distingue la apariencia de la realidad. Así, cuando decimos de alguien que en el fondo es una buena persona (o lo contrario), pretendemos señalar que las apariencias son engañosas. A mi juicio, hay que desconfiar de su uso en los juicios de reproche y alabanza y, muy en particular, en la acción política. Uno podría distinguir entre las apariencias y las entrañas de, por ejemplo, el nazismo; señalando que, a pesar del irracionalismo de sus propios dirigentes, surgía de la justa reivindicación de derechos para las clases populares alemanas. Al contrario también se podría argumentar de esta forma diciendo que los judíos alemanes, a pesar de su apariencia de buenos ciudadanos, entrañaban una perversión moral “oculta”. Creo que es más confiable juzgar a las personas y a los movimientos por sus acciones y declaraciones públicas. No hay nada más abyecto que la condena de alguien porque “tiene una cara oculta” sin que se pueda precisar qué es lo que hizo o dijo para merecer tal condena. Igualmente, no hay exculpación más ilegítima de una persona que aquella que pretende simplemente que, a pesar de lo que hizo o dijo, en el fondo ello no refleja su auténtico ser. No hay auténtico ser: somos lo que hacemos y decimos.

Decía que el argumento tiene una segunda parte: la entraña valiosa del Tea Party es su lucha contra el Estado. El Estado, ése ente perverso en la religión de Vargas Llosa, que, entre otras perversidades, es capaz de crear “sistemas llamativos de asistencia social que sólo podrán financiarse con subidas sistemáticas de impuestos, lo que se traducirá en caídas de los niveles de vida de las clases medias y populares”. Sobre esta última frase: “no comment”. La perversidad natural del Estado reside, de acuerdo con nuestro admirado escritor, en que pretende, con el dinero de otros, llevar a cabo políticas públicas sustituyendo la iniciativa privada de los ciudadanos que pueden invertir SU dinero en aquello que consideran “justo y necesario” (Amén). Ese adjetivo posesivo “SU” referido al dinero de los ciudadanos resume toda la iniquidad del credo vargasllosiano. Debe ser un milagro de su Dios (representado, imagino, por una mano invisible) que el estatus quo en la sociedad civil refleje un orden legítimo, que el joven negro de Baltimore que nació en la marginación no tenga SU dinero para invertir en causas justas y necesarias (por ejemplo, su propia educación) y que el joven blanco de Nueva Inglaterra nacido en la abundancia tenga la libertad de decidir qué hacer con SU dinero (bueno, el de papá por el momento) para invertirlo en causas justas y necesarias (¿la educación del joven negro?). En fin, qué más se puede decir.