jueves, 28 de octubre de 2010
El infierno de las estadísticas: más salsa bolognesa
martes, 26 de octubre de 2010
"Vargasllosada"
La religión política que profesa el divino Vargas Llosa le ha empujado a publicar un artículo salvándole la cara al movimiento “Tea Party” que se titula “Las caras del Tea Party” (El País, 24 de octubre de 2010). Supongo que en el momento en que sus admirados lectores de izquierdas más dispuestos estamos a la reconciliación, satisfechos por la concesión del premio Nobel, Vargas Llosa ha sentido la llamada del sacrificio, de la imprecación religiosa y de decir como Jesucristo cuando sus hermanos y su madre querían verlo en público que no, que mis hermanos son estos otros. Eso sí, con la confianza proselitista de que nos acerquemos a sus ideas.
La idea principal del artículo está resumida en su título. El “Tea Party” no sólo es una cuestión de radicales aberrantes de ultraderecha partidarios de las armas, homófobos, integristas religiosos, etc. Pensar que sólo es eso, nos dice nuestro querido escritor, es “pura paranoia o afloración de deseos reprimidos de los enemigos de Estados Unidos”.
Los argumentos de Vargas Llosa son básicamente que 1) el Tea Party complica más la vida a republicanos que a demócratas, 2) no es un partido político sino un movimiento, y 3) en la entraña de dicho movimiento (por debajo de sus dirigentes y su cara más visible) hay algo “sano, realista, democrático y profundamente libertario”, a saber, “el temor al crecimiento desenfrenado del Estado y de la burocracia”.
Los dos primeros argumentos creo que son totalmente irrelevantes. Los movimientos de ultraderecha siempre complican más la vida electoral de los partidos de derechas que la de los de izquierdas, aunque terminan complicando la vida de todos los ciudadanos. Podría decirse aquello de “chocolate por la noticia”.
El tercer argumento, que no se puede decir que sea irrelevante, tiene dos partes. La primera es la disociación entre lo que el Tea Party parece ser y su entraña escondida. Es un ejemplo de una forma de argumentar muy común que distingue la apariencia de la realidad. Así, cuando decimos de alguien que en el fondo es una buena persona (o lo contrario), pretendemos señalar que las apariencias son engañosas. A mi juicio, hay que desconfiar de su uso en los juicios de reproche y alabanza y, muy en particular, en la acción política. Uno podría distinguir entre las apariencias y las entrañas de, por ejemplo, el nazismo; señalando que, a pesar del irracionalismo de sus propios dirigentes, surgía de la justa reivindicación de derechos para las clases populares alemanas. Al contrario también se podría argumentar de esta forma diciendo que los judíos alemanes, a pesar de su apariencia de buenos ciudadanos, entrañaban una perversión moral “oculta”. Creo que es más confiable juzgar a las personas y a los movimientos por sus acciones y declaraciones públicas. No hay nada más abyecto que la condena de alguien porque “tiene una cara oculta” sin que se pueda precisar qué es lo que hizo o dijo para merecer tal condena. Igualmente, no hay exculpación más ilegítima de una persona que aquella que pretende simplemente que, a pesar de lo que hizo o dijo, en el fondo ello no refleja su auténtico ser. No hay auténtico ser: somos lo que hacemos y decimos.
Decía que el argumento tiene una segunda parte: la entraña valiosa del Tea Party es su lucha contra el Estado. El Estado, ése ente perverso en la religión de Vargas Llosa, que, entre otras perversidades, es capaz de crear “sistemas llamativos de asistencia social que sólo podrán financiarse con subidas sistemáticas de impuestos, lo que se traducirá en caídas de los niveles de vida de las clases medias y populares”. Sobre esta última frase: “no comment”. La perversidad natural del Estado reside, de acuerdo con nuestro admirado escritor, en que pretende, con el dinero de otros, llevar a cabo políticas públicas sustituyendo la iniciativa privada de los ciudadanos que pueden invertir SU dinero en aquello que consideran “justo y necesario” (Amén). Ese adjetivo posesivo “SU” referido al dinero de los ciudadanos resume toda la iniquidad del credo vargasllosiano. Debe ser un milagro de su Dios (representado, imagino, por una mano invisible) que el estatus quo en la sociedad civil refleje un orden legítimo, que el joven negro de Baltimore que nació en la marginación no tenga SU dinero para invertir en causas justas y necesarias (por ejemplo, su propia educación) y que el joven blanco de Nueva Inglaterra nacido en la abundancia tenga la libertad de decidir qué hacer con SU dinero (bueno, el de papá por el momento) para invertirlo en causas justas y necesarias (¿la educación del joven negro?). En fin, qué más se puede decir.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Falacias católicas bioéticas I
“La campaña del Gobierno es, cuando menos, irresponsable. Ha desfigurado gravemente el mensaje de los máximos expertos en la materia, los Centros para el Control de Enfermedades, de USA. Ha callado su parte fundamental: “que la abstinencia y la relación sexual con una pareja mutuamente fiel y no infectada son las únicas estrategias preventivas totalmente eficaces” (Condoms for prevention of sexually transmitted diseases. Morbidity and Mortality Weekly Report 1987;37,7-9)”.
(Gonzalo Herranz Rodríguez, Profesor de ética médica de la Universidad de Navarra: “El timo del preservativo”)
Herranz Rodríguez en su crítica a la campaña del Gobierno promoviendo el uso del preservativo entre los jóvenes (“Póntelo, pónselo”) nos propone una ejemplo muy claro de la falacia que podemos llamar, sin ánimo de menospreciar las tradiciones clasificatorias al respecto, “falacia del timo del preservativo”.
El argumento procede como sigue: Se afirma que las autoridades sanitarias no deben llevar a cabo campañas promoviendo el uso del preservativo entre los jóvenes con la finalidad de evitar contagios de sida. Dicha afirmación se apoya en que el uso del preservativo no garantiza al cien por cien el no contagio y que tales campañas alientan la promiscuidad sexual. Como es el caso que el único medio infalible contra el contagio es la abstinencia o la sexualidad no promiscua con una sola persona no contagiada (tampoco promiscua), las autoridades engañan a los ciudadanos ocultando el verdadero instrumento de lucha contra la enfermedad y, en última instancia, favorecen su expansión.
Que el argumento es falaz se muestra al trasladarlo a otro asunto. Supongamos que alguien argumenta análogamente: Las autoridades de tráfico no deben llevar a cabo campañas promoviendo el uso del cinturón de seguridad. El uso del cinturón de seguridad no garantiza al cien por cien salir indemne (o, al menos, con vida) de un accidente de tráfico y, además, indirectamente alientan el uso de vehículos (presentando como seguro lo que no lo es). Como es el caso que el único medio infalible para eliminar los riesgos del tráfico es no subirse nunca a un coche, las autoridades engañan a los ciudadanos ocultando el verdadero instrumento de lucha contra los accidentes y, en última instancia, los promueven.
Este último argumento nos parece ridículo porque consideramos que el problema de la seguridad en el tráfico es, más exactamente, el problema de cómo seguir circulando con seguridad y para este problema “dejar de circular” no es un medio, es un sinsentido. Consideramos, en general, que el uso de vehículos es una necesidad de la que no cabe prescindir y, por tanto, las campañas de seguridad en el tráfico deben juzgarse en este contexto.
Las autoridades sanitarias entienden el problema del sida de la misma manera: se trata de promover la seguridad en las relaciones sexuales y el preservativo es, sin duda, el mejor medio para hacerlo. La “falacia del timo del preservativo” parece estar aplicando una razonable máxima según la cual “en presencia de varios medios, en igualdad de condiciones, hay que escoger el más eficaz”, pero en realidad es el argumentador quien de trata timarnos porque descalifica al preservativo como un “medio” sin asumir sinceramente el “fin” para el que se propone. Más valdría que se atrevieran estos pensadores católicos a decir lo que realmente piensan: que toda actividad sexual que no respete los principios de la moral católica es ilícita y que hay que disuadir de realizar actividades ilícitas, en lugar de promover una mayor seguridad en su realización.