jueves, 28 de octubre de 2010

El infierno de las estadísticas: más salsa bolognesa

¿Han tenido la suerte de ver la serie "The wire"? Si no es así, pues la recomendación va en la pregunta.
Unos de los aspectos más llamativos de la serie es la importancia que la policía, el ayuntamiento, los servicios sociales y las instituciones educativas de la ciudad de Baltimore atribuyen a las estadísticas. Las estadísticas lo son todo.
Para la sección de homicidios, la única cuestión es la ratio entre casos abiertos y cerrados en el plazo de referencia, esto es, un año natural. Si a 31 de diciembre hay un porcentaje de casos no solucionados superior al 50% de los abiertos, mala cosa. ¿Cómo evitar esta situación que puede despertar a los burócratas supervisores de la labor policial? Pues una manera es solucionando realmente más del 50% de los casos que se presentan. El problema es que esto es realmente difícil, si no imposible. De ahí que haya que utilizar vías alternativas: por ejemplo, no dándose por enterado de que se ha producido un homicidio (si no hay cadáver, no hay homicidio), discutiendo con ferocidad a qué servicio le corresponde el caso (si se descubrió en el puerto no es de homicidios de Baltimore), dejando abierta la posibilidad de que alguien se suicide torturándose a sí mismo, no abriendo unas casas abandonadas en las que según informes fiables pueden esconderse más de diez cadáveres (por lo menos hasta el 1 de enero, que ya computa por el año siguiente), etc. ¿Exagerado? ¿Pueden ser realmente las cosas de esta manera? Yo pensaba que sí, que se trataba de una exageración.., hasta que en la cuarta temporada de la serie se centran en las escuelas públicas de Baltimore. Lo de la educación lo conozco, así que todo me empezó a sonar conocido.
Nos introducen en la vida de una escuela pública en un barrio marginal. Los niños y adolescentes van a clase y trafican con drogas en sus esquinas. Muchos de ellos abandonan el curso o si permanecen en la aulas no hacen más que provocar a sus profesores. Difícilmente puede la escuela cumplir con sus objetivos. ¿Pero cuáles son estos objetivos? Desde mucho tiempo atrás, cumplir con ciertos baremos que fijan las autoridades supervisoras porque en otro caso la escuela pierde financiación. Así que la escuela debe obtener un mínimo de nota media en el examen oficial de fin de curso que se les hace a los alumnos. Dicho examen está muy por encima de las posibilidades reales de los estudiantes, de hecho se muestra cómo para conseguir algún logro pedagógico los profesores deben poner en marcha mil estrategias diferentes. Es una pérdida de tiempo centrarse en el examen. Solución: bajar el listón de manera que las notas ya no reflejan el nivel de conocimientos de los estudiantes sino su adaptación al mínimo exigido por las estadísticas.
Otro ejemplo: la escuela debe acreditar un mínimo de presencialidad de los alumnos en sus clases para conservar su financiación. Para ello cuentan con un programa de "vuelta a las aulas". Unos trabajadores de la escuela van a la calle a buscar a los niños que deben estar en clase y los traen de vuelta. La eficacia del programa se mide por el número de niños diferentes que cada mes han sido traídos de vuelta a las aulas. De ahí que estos trabajadores disponen de una lista de ausentes y los llevan a la escuela sólo un día al mes, que es lo que cuenta, y los dejan en paz hasta el mes siguiente que volverá a contar. Los niños que ya se lo saben, cuando llega la furgoneta "escoba" les aclaran que hasta el mes que viene no les toca. Y así "ad nauseam".
Todo son estadísticas en "The wire". Quien tiene una estadística a su favor "salva su culo", quien no, pues pierde financiación o directamente el puesto.
Ahí vamos de cabeza en la universidad española en salsa bolognesa. Si no tienes un buen porcentaje de aprobados, menos financiación. Si no tienes un mayor número de tesis doctorales dirigidas, no hay acreditación. Si no publicas más, lo mismo. ¿Qué es lo que va a ocurrir? ¿Que aprobarán más estudiantes porque sabrán más? ¿Que se dirigirán más y mejores tesis? ¿Que se escribirán más y mejores artículos?. Por supuesto que no: se bajará más y más el listón para el aprobado, se dirigirán más y peores tesis doctorales, se escribirán más y peores artículos.
El proceso de Bolonia termina ahí: maquillaje estadístico. Una desgracia.

martes, 26 de octubre de 2010

"Vargasllosada"

La religión política que profesa el divino Vargas Llosa le ha empujado a publicar un artículo salvándole la cara al movimiento “Tea Party” que se titula “Las caras del Tea Party” (El País, 24 de octubre de 2010). Supongo que en el momento en que sus admirados lectores de izquierdas más dispuestos estamos a la reconciliación, satisfechos por la concesión del premio Nobel, Vargas Llosa ha sentido la llamada del sacrificio, de la imprecación religiosa y de decir como Jesucristo cuando sus hermanos y su madre querían verlo en público que no, que mis hermanos son estos otros. Eso sí, con la confianza proselitista de que nos acerquemos a sus ideas.

La idea principal del artículo está resumida en su título. El “Tea Party” no sólo es una cuestión de radicales aberrantes de ultraderecha partidarios de las armas, homófobos, integristas religiosos, etc. Pensar que sólo es eso, nos dice nuestro querido escritor, es “pura paranoia o afloración de deseos reprimidos de los enemigos de Estados Unidos”.

Los argumentos de Vargas Llosa son básicamente que 1) el Tea Party complica más la vida a republicanos que a demócratas, 2) no es un partido político sino un movimiento, y 3) en la entraña de dicho movimiento (por debajo de sus dirigentes y su cara más visible) hay algo “sano, realista, democrático y profundamente libertario”, a saber, “el temor al crecimiento desenfrenado del Estado y de la burocracia”.

Los dos primeros argumentos creo que son totalmente irrelevantes. Los movimientos de ultraderecha siempre complican más la vida electoral de los partidos de derechas que la de los de izquierdas, aunque terminan complicando la vida de todos los ciudadanos. Podría decirse aquello de “chocolate por la noticia”.

El tercer argumento, que no se puede decir que sea irrelevante, tiene dos partes. La primera es la disociación entre lo que el Tea Party parece ser y su entraña escondida. Es un ejemplo de una forma de argumentar muy común que distingue la apariencia de la realidad. Así, cuando decimos de alguien que en el fondo es una buena persona (o lo contrario), pretendemos señalar que las apariencias son engañosas. A mi juicio, hay que desconfiar de su uso en los juicios de reproche y alabanza y, muy en particular, en la acción política. Uno podría distinguir entre las apariencias y las entrañas de, por ejemplo, el nazismo; señalando que, a pesar del irracionalismo de sus propios dirigentes, surgía de la justa reivindicación de derechos para las clases populares alemanas. Al contrario también se podría argumentar de esta forma diciendo que los judíos alemanes, a pesar de su apariencia de buenos ciudadanos, entrañaban una perversión moral “oculta”. Creo que es más confiable juzgar a las personas y a los movimientos por sus acciones y declaraciones públicas. No hay nada más abyecto que la condena de alguien porque “tiene una cara oculta” sin que se pueda precisar qué es lo que hizo o dijo para merecer tal condena. Igualmente, no hay exculpación más ilegítima de una persona que aquella que pretende simplemente que, a pesar de lo que hizo o dijo, en el fondo ello no refleja su auténtico ser. No hay auténtico ser: somos lo que hacemos y decimos.

Decía que el argumento tiene una segunda parte: la entraña valiosa del Tea Party es su lucha contra el Estado. El Estado, ése ente perverso en la religión de Vargas Llosa, que, entre otras perversidades, es capaz de crear “sistemas llamativos de asistencia social que sólo podrán financiarse con subidas sistemáticas de impuestos, lo que se traducirá en caídas de los niveles de vida de las clases medias y populares”. Sobre esta última frase: “no comment”. La perversidad natural del Estado reside, de acuerdo con nuestro admirado escritor, en que pretende, con el dinero de otros, llevar a cabo políticas públicas sustituyendo la iniciativa privada de los ciudadanos que pueden invertir SU dinero en aquello que consideran “justo y necesario” (Amén). Ese adjetivo posesivo “SU” referido al dinero de los ciudadanos resume toda la iniquidad del credo vargasllosiano. Debe ser un milagro de su Dios (representado, imagino, por una mano invisible) que el estatus quo en la sociedad civil refleje un orden legítimo, que el joven negro de Baltimore que nació en la marginación no tenga SU dinero para invertir en causas justas y necesarias (por ejemplo, su propia educación) y que el joven blanco de Nueva Inglaterra nacido en la abundancia tenga la libertad de decidir qué hacer con SU dinero (bueno, el de papá por el momento) para invertirlo en causas justas y necesarias (¿la educación del joven negro?). En fin, qué más se puede decir.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Falacias católicas bioéticas I

La campaña del Gobierno es, cuando menos, irresponsable. Ha desfigurado gravemente el mensaje de los máximos expertos en la materia, los Centros para el Control de Enfermedades, de USA. Ha callado su parte fundamental: “que la abstinencia y la relación sexual con una pareja mutuamente fiel y no infectada son las únicas estrategias preventivas totalmente eficaces” (Condoms for prevention of sexually transmitted diseases. Morbidity and Mortality Weekly Report 1987;37,7-9)”.

(Gonzalo Herranz Rodríguez, Profesor de ética médica de la Universidad de Navarra: “El timo del preservativo”)

Herranz Rodríguez en su crítica a la campaña del Gobierno promoviendo el uso del preservativo entre los jóvenes (“Póntelo, pónselo”) nos propone una ejemplo muy claro de la falacia que podemos llamar, sin ánimo de menospreciar las tradiciones clasificatorias al respecto, “falacia del timo del preservativo”.

El argumento procede como sigue: Se afirma que las autoridades sanitarias no deben llevar a cabo campañas promoviendo el uso del preservativo entre los jóvenes con la finalidad de evitar contagios de sida. Dicha afirmación se apoya en que el uso del preservativo no garantiza al cien por cien el no contagio y que tales campañas alientan la promiscuidad sexual. Como es el caso que el único medio infalible contra el contagio es la abstinencia o la sexualidad no promiscua con una sola persona no contagiada (tampoco promiscua), las autoridades engañan a los ciudadanos ocultando el verdadero instrumento de lucha contra la enfermedad y, en última instancia, favorecen su expansión.

Que el argumento es falaz se muestra al trasladarlo a otro asunto. Supongamos que alguien argumenta análogamente: Las autoridades de tráfico no deben llevar a cabo campañas promoviendo el uso del cinturón de seguridad. El uso del cinturón de seguridad no garantiza al cien por cien salir indemne (o, al menos, con vida) de un accidente de tráfico y, además, indirectamente alientan el uso de vehículos (presentando como seguro lo que no lo es). Como es el caso que el único medio infalible para eliminar los riesgos del tráfico es no subirse nunca a un coche, las autoridades engañan a los ciudadanos ocultando el verdadero instrumento de lucha contra los accidentes y, en última instancia, los promueven.

Este último argumento nos parece ridículo porque consideramos que el problema de la seguridad en el tráfico es, más exactamente, el problema de cómo seguir circulando con seguridad y para este problema “dejar de circular” no es un medio, es un sinsentido. Consideramos, en general, que el uso de vehículos es una necesidad de la que no cabe prescindir y, por tanto, las campañas de seguridad en el tráfico deben juzgarse en este contexto.

Las autoridades sanitarias entienden el problema del sida de la misma manera: se trata de promover la seguridad en las relaciones sexuales y el preservativo es, sin duda, el mejor medio para hacerlo. La “falacia del timo del preservativo” parece estar aplicando una razonable máxima según la cual “en presencia de varios medios, en igualdad de condiciones, hay que escoger el más eficaz”, pero en realidad es el argumentador quien de trata timarnos porque descalifica al preservativo como un “medio” sin asumir sinceramente el “fin” para el que se propone. Más valdría que se atrevieran estos pensadores católicos a decir lo que realmente piensan: que toda actividad sexual que no respete los principios de la moral católica es ilícita y que hay que disuadir de realizar actividades ilícitas, en lugar de promover una mayor seguridad en su realización.

martes, 9 de marzo de 2010

Bienes de interés cultural

Causa estupor la ocurrencia de la derecha española de convertir a las corridas de toros en "bien de interés cultural" en el momento en que se debate su abolición en el Parlament de Catalunya. Parecen empeñados en construir un muro entre Catalunya y el resto del Estado español.

Al margen de los motivos espurios de dicha iniciativa, hay una razón profunda para rechazarla e, incluso, para considerarla inconstitucional. La fiesta de los toros es muy rentable económicamente y, como hemos visto, goza de un importante apoyo en todos las clases sociales. No es, desde luego, una tradición en peligro de desaparición. Salvo, claro, por las iniciativas cívicas del movimiento anti-taurino. Así que la declaración de bien de interés cultural tan sólo puede tener como objetivo proteger a los toros de dicho movimiento. Esto es inaceptable. El movimiento anti-taurino es un ejemplo de defensa democrática de una idea. Sus acciones orientadas a promover el debate, denunciar o promover por medio de una iniciativa legislativa popular la abolición, no sólo constituyen el ejercicio de derechos constitucionalmente protegidos, sino que son el tipo de acciones que constituyen el meollo de una democracia.

Todos los ciudadanos están obligados a no destruir u obstaculizar tradiciones que son bienes de interés cultural. De manera que tal calificación convertiría en ilegítimo el ejercicio de un derecho. No se trata, además, de un pequeño grupo, excéntrico, sin argumentos y sin apoyo popular. Es muy probable que un referendum nacional al respecto hiciera vencer la balanza a su favor o, en todo caso, que mostrara la existencia de tan solo una pequeña diferencia.

Con esta extravagancia, los gobiernos aguerridos de Madrid y Valencia traicionan la confianza que la sociedad democrática ha puesto en sus manos al permitirles manejar conceptos tan delicados como "formas de vida valiosas". Tan liberales que se presentan y son la pesadilla del liberalismo: Stuart Mill probablemente diría que es mejor que algunas tradiciones y objetos culturales (realmente valiosos) perecieran ahogados por la indiferencia del público poco ilustrado, a dejar en manos del gobierno (aun democrático) la determinación de qué merece ser protegido.

Yo creo que es legítimo que un gobierno democrático proteja algunos bienes culturales que de otro modo desaparecerían por la miopía social, los intereses siniestros, la incultura, etc. Pero éste no es el caso, insisto, de la fiesta de los toros, cuya única "amenaza" parece ser la misma democracia.

sábado, 6 de marzo de 2010

Mosterín y el debate de los toros

Es una pena que en el debate sobre la abolición de los toros en Cataluña, que se ha celebrado en su Parlament, los partidarios de las corridas hayan contado con la inestimable ayuda de Jesús Mosterín. Una pena que después de intervenciones tan brillantes como la de Pablo De Lora, todo el interés de los periodistas se haya dirigido hacia las declaraciones de Mosterín.

Jesús Mosterín es uno de los filósofos más interesantes en la actualidad y creo que es justo afirmar que debe ser uno de los que más saben. Pero, como en tantas otras ocasiones, nos encontramos con que un gran filósofo anda muy errado en cuestiones prácticas. En este caso no se trata de que se defienda alguna tesis práctica (ética, política, jurídica, etc.) insostenible, porque yo creo que Mosterín tiene toda la razón en sostener que las corridas de toros deben ser abolidas, de Cataluña y de la faz de la tierra. El problema está en que Mosterín parece creer, seguramente por su formación de lógico, que un buen argumento lo es siempre con independencia del auditorio y de las circunstancias. Igualmente, creo que nuestro valioso filósofo debe considerar bastante irrelevante el aspecto emotivo de las palabras.

Plantear el problema de la abolición como una alternativa entre tribus bárbaras y pueblos civilizados, frente a los indecisos parlamentarios catalanes, es ignorar por completo el sentido de lo que allí se estaba haciendo y los rasgos peculiares del auditorio. De un lado, no son bárbaros aquellos que deliberan, aunque lo hagan sobre una costumbre bárbara y, de otro lado, no es muy persuasivo que, en fase de deliberación, se trate de bárbaros a quienes discrepen de la tesis propia.

Dar pié a la comparación entre mujeres maltratadas y toros maltratados (aunque no sea eso exactamente lo que se dice, hay que prever que así va a ser tomado) son ganas de provocar una reacción en contra de la propia tesis, ya que las mujeres se pueden sentir minusvaloradas y los indecisos pro-taurinos ofendidos. Una persona minusvalorada o una persona ofendida es mucho más difícil de persuadir.

El problema está en que para persuadir hay que tener muy en cuenta el auditorio. Ello obliga a elegir bien los argumentos y, por supuesto, a actuar de una manera respetuosa.

Aristóteles consideraba que la retórica era, como la violencia, una herramienta al servicio de lo mejor y de lo peor. Si bien creía que el que argumenta por la verdad y la justicia tiene cierta ventaja para persuadir, lo cierto es que no es suficiente con tener razón para conseguirlo y hay, por tanto, que manejarse bien en el arte de la retórica. Creo que Mosterín no ha podido hacerlo peor. Incluso su actitud era inadecuada: no convienen las sonrisas desde la tribuna, por más estúpidos que nos parezcan nuestros interlocutores, si es que queremos persuadirlos de algo.

Una última cosa: Me temo que, en el fondo, Mosterín no puede eludir el discurso de los bárbaros y los civilizados porque, también en el fondo, no cree que exista la razón ética: La razón para él es esa facultad instrumental de hilvanar consistentemente medios a fines, pero con respecto a los fines, la única diferenciación que se puede hacer tiene que ver más con la estética que con la ética. Es mejor oír a Mozart que a Bisbal, o leer a Cervantes que a Matilde Asensi, pero ése "mejor" significa sólo que es más culto o refinado. A ver si al final el asunto de los toros es para él lo mismo: o un problema de inconsistencia o de gusto poco refinado.

sábado, 27 de febrero de 2010

Demografía

En el ámbito planetario, las dos únicas variables de la demografía son el número de nacimientos y el de muertes. En ámbitos más reducidos, hay que añadir la variable de los movimientos migratorios. El problema está en cómo aproximarse a la realidad sin saber en realidad cuantos habitamos el planeta, cuantos mueren y nacen en un momento determinado o cuantos se desplazan por su superficie. Además, uno de los objetivos fundamentales de la ciencia demográfica es hacer predicciones y, para ello, hay que entrar de lleno en las causas de las muertes, los nacimientos y las migraciones. Una de estas predicciones señala que el planeta estará a finales de este siglo superpoblado, con una población mundial notablemente superior a los 6.500.000.000 de seres humanos.
Malthus, el agorero, ha caído en descrédito. Parece que basta con señalar que obviamente se equivocó con respecto a la capacidad del planeta para dar de comer a esta verdadera plaga humana, para no tomar en consideración su idea central. Amartya Sen ha terminado de darle la puntilla a los pocos maltusianos recalcitrantes demostrando que que no hay una relación directa entre el hambre y las crisis de producción de alimentos. Lo de Sen tiene algo de moda, porque los expertos de la FAO sabían hace muchos años que, por ejemplo, una sobreproducción de alimentos podía estar en el origen de una hambruna. La conclusión a la que todos han llegado parece de perogrullo: el hambre está causada fundamentalmente por la pobreza.
Ridiculizar a Malthus conviene a los que tienen intereses en mantener vigoroso el crecimiento demográfico: Claro, nadie en su sano juicio desea un aumento de la población mundial per se, pero hay muchos intereses espurios en aumentar el número de humanos de cierto perfil. Los gobiernos europeos promueven la natalidad de sus nacionales, porque les aterroriza pensar que su población sea lenta e inexorablemente sustituida por humanos provenientes de países del tercer mundo. Los honorables académicos de la lengua (o de las lenguas) se felicitan de la buena salud reproductiva de sus hablantes: no nos engañemos, la causa fundamental de la expansión del español es la concha (y no me refiero al omnipresente director de la realísima). Pero, sin duda, son las grandes iglesias globales las que más hacen por extenderse vía reproductiva. Con frecuencia oigo decir que la Iglesia Católica se empeña en cosas absurdas, por ejemplo, en condenar el uso del condón. ¡Que ingenuidad! No hay nada absurdo para una organización en promover la familia numerosa si es que se admite la inscripción a la misma de los recién nacidos. Si los católicos deben tener todos los hijos que les mande Dios es porque Dios se los manda directamente a la Iglesia. De ahí la brutal represión de Roma contra los anabaptistas. Esos desgraciados amenazaban la base de su poder. Las grandes religiones positivas compiten entre sí a ver quién consigue parir más adeptos, hablamos ya de cantidades cien millonarias o mil millonarias de adeptos.
No creo que Malthus anduviera desencaminado. La biosfera está empezando a sentir nauseas de una empacho irremediable de seres humanos. Si no fuera por las guerras, el hambre y las enfermedades colapsaría el planeta en pocas décadas. Luchar contra estos males de la humanidad y seguir promoviendo la natalidad es criminal. No creo que nadie esté dispuesto a defender públicamente que estos males son, all things considered, bienes, así que lo único decente es promover una disminución de la natalidad.

jueves, 25 de febrero de 2010

Moby Dick y "menos es más"

Durante muchos años, leía Moby Dick en verano. Con el tiempo fui comprando diversas ediciones y pude comprobar las variaciones tremendas que hay de una a otra según el traductor. Sin embargo, dado que la versión original es muy larga, no es infrecuente descubrir que la edición que tienes en las manos está acortada. En particular, se suelen acortar las consideraciones primeras del protagonista, Ismael, en las que se nos explica por qué se embarca en un ballenero. Estas consideraciones son tremendas. Allí se nos dice que la razón principal para embarcarse es que se trata de un "sucedáneo (o sustituto) del tiro de pistola" y que, además, hay que hacerlo como marinero y no como pasajero, puesto que sólo lo primero supone una alienación total de la carga de decidir. Precisamente, la frase del "sucedáneo" se suele eliminar. Supongo que la razón principal es que encaja mal con la idea de que se trata de una novela orientada a un público juvenil e, incluso, infantil; idea que es un disparate.
La cuestión que me parece muy digna de reflexionar es ésta de "embarcarse" en algo que no tiene vuelta atrás y que nos alivia de la responsabilidad y el coste de andar decidiendo a cada paso qué hacer o no hacer. La racionalidad de fondo de esta conducta parece descansar sobre el tópico de que a veces "menos es más" o "menos es mejor". De acuerdo con este tópico, no es verdad que siempre sea racional preferir más opciones de acción, más oportunidades, que menos. Erich Fromm ha visto el asunto en términos psicológicos, afirmando la existencia de un miedo a la libertad que nos empuja a estos embarques. A su juicio, de esta manera se explica, ni más ni menos, que los alemanes entregaran toda su libertad a la conducción de un líder liberticida. Algo parecido hace el bueno de Ismael que se somete a la férula de un enloquecido capitan Acab, el cual termina llevando toda su tripulación, igual que Hitler, al desastre.
Sin embargo, más allá de las indagaciones psicológicas, es importante considerar si tal comportamiento puede ser, en ciertas circunstancias, racional. Jon Elster piensa que sí y, además, considera que se trataría de una concepción de la racionalidad central para la acción humana, individual y colectiva. Pensemos, por ejemplo, en una de las ventajas del libro electrónico: podemos llevar en la máquina cuando nos vamos de viaje, no sé, quinientos títulos a la vez. Desde luego, que uno puede limitarse a leer de cabo a rabo uno sólo de los libros, pero si cambia de opinión tiene 499 más para elegir. Parece que se trata, efectivamente, de una ventaja. Yo no estoy tan seguro: Por un lado, si bien ya no tendré que decidir cuidadosamente mientras hago la maleta qué libro o libros me llevo (siempre serían muchos menos, claro), a lo largo del viaje me quedará la inquietud de estar eligiendo bien, dado que tengo tantas opciones abiertas. De otro lado, la posibilidad de divorcio literario instantáneo y sin coste (quedarme sin lectura), me puede hacer no terminar libros que, de otra manera, me hubieran producido mucha satisfacción. A la larga, puedo acabar siendo un lector inconstante y superficial, que hojea pero no profundiza.
Es famosa la historia de Hernán Cortés quemando las naves. Se trata de los mismo, pero a la española. La cosa es que le salió bien. Heródoto nos cuenta, por el contrario, que Darío se salvó de milagro en su huida de los escitas porque un sabio consejero le disuadió de destruir el puente, como era su intención, que los persas habían construido sobre el Danubio.
En definitiva, que parece cierto que, en ocasiones, menos es más, pero el problema es saber cuándo. Con todo, no es poca cosa darse cuenta de que no necesariamente disponer de más opciones es mejor; lo cual incluye al dinero, que es el gran hacedor de opciones.


lunes, 22 de febrero de 2010

Bolonia

Leo en Revista de Libros una reseña que José Luis Pardo hace a un par de libros sobre la universidad. Uno de ellos es el de Bermejo: "La fábrica de la ignorancia. La universidad del "como si". El artículo de Pardo se llama "Ignorancia a la boloñesa". Estoy muy de acuerdo con lo que allí se dice, pero creo que el autor termina naufragando en las mismas aguas que, desde el comienzo, advierte como aguas peligrosas. Efectivamente, es muy difícil explicar el asunto. Quizás Bermejo lo haya conseguido en su libro, que no he leído. Me imagino a Pardo releyéndose y meditando sobre cuál es su lector, evaluando si consigue transmitir el cogollo del asunto. Al final, termina dedicando más espacio a explicar por qué esto de Bolonia es tan difícil de entender que a la explicación del proceso en sí. En todo caso, con mucha lucidez, Pardo se detiene a insistir en en que de lo malo (la situación actual de la Universidad) se puede pasar a lo peor (la Universidad boloñesa).
Me pregunto si este tema de Bolonia no es de los que sólo se pueden explicar en general por medio de contar lo muy particular. Un ejemplo: Cuando se inició el dichoso proceso, una de las primeras medidas fue destinar fondos a la creación de redes (grupos de profesores), con el objetivo de elaborar guías docentes (una especie de plan detallado de qué se iba a dar, cómo y cuándo), adaptadas a Bolonia, esto es, midiendo todo el trabajo del estudiante (en clase y fuera de ella) en los famosos créditos europeos (ECTS). Dichas redes constituían la base para la adaptación de todas las licenciaturas y diplomaturas (grados) a Bolonia. No sé la cantidad de dinero que consumió este programa, pero sé que no fue desdeñable. Las redes trabajaron sometidas a la supervisión de un grupo de expertos en pedagogía que convertían a los profesores en absolutos legos de la docencia. Se elaboraron los documentos, se publicaron y se completaron los diversos programas, a lo largo de varios años y por todos los centros universitarios. La mayoría de los que participaron en las redes eran profesores jóvenes a los que convenía dicha participación como mérito en los procesos de acreditación y habilitación docente.
Después llegó el momento de constituir las comisiones de reforma de grado. Pues bien, en ellas el trabajo de las redes no se utilizó en absoluto. A las comisiones, o bien fueron los directores de departamento (ausentes en las redes), o bien delegados suyos con instrucciones muy precisas. La estructura de los planes no se diseñó, se negoció. La negociación no se hizo, por supuesto, centralmente en las comisiones sino en conversaciones privadas, con frecuencia alcahuetadas por los decanatos y direcciones de centro.
En resumen, todo el tiempo y dinero dedicados a las redes se podía haber ahorrado: bastaba con saber el número total de créditos disponible y, a partir de ahí, negociar qué parte corresponde a cada área o departamento.
¿Un derroche más de fondos públicos? Sí, pero un derroche menor en todo caso. El problema no es tanto el dinero como que con las redes comenzó a confeccionarse el invisible traje del rey que, desde entonces hasta ahora, se pasea por ahí desnudo, mientras que las autoridades académicas le alaban la elegancia.


sábado, 20 de febrero de 2010

Claro, la Universidad

Hace tiempo que tengo ganas de poner blanco sobre negro algunas de mis opiniones sobre la Universidad, que es donde trabajo. No se trata, sin embargo, de un ajuste de cuentas.

Quiero centrarme ahora en algo muy sorprendente: en la Universidad española no existe el hábito de la discusión. En mi departamento somos muy discutidores y, durante un tiempo, yo generalizaba los rasgos de mi departamento a toda la Universidad. Pero con el paso de los años me he dado cuenta de que se trata de una rareza. Lo habitual es que un académico nunca discuta sus trabajos con los colegas que tiene más próximos. La polémica, si es que se produce, puede tener lugar en la forma de una refutación formal a través de una publicación o, más difícil todavía, en un debate público en algún congreso. Pero esto también es inusual.

Así que, si alguien tiene vocación universitaria, que no espere verse envuelto en muchos diálogos socráticos. Más bien, se la pasará a solas investigando y, luego, haciendo valer lo investigado en una secuencia de actos que se convierten en puros trámites.

La explicación de esta corrupción de la vida académica tiene que ver, claro está, con muchas y diversas corruptelas. Tan sólo quisiera señalar tres factores: En primer lugar, hay demasiada insigne (por el escalafón) mediocridad que no puede permitirse el lujo del debate. En segundo lugar, también hay mucha incipiente (también por el escalafón) mediocridad que no siente ninguna necesidad de tal debate. En tercer lugar, hay quienes, aun teniendo un buen nivel, se acomodan en esa suerte de cacicato en que se han convertido muchos departamentos universitarios.

El hecho es que, de todos los males que aquejan a la academia, éste, siendo principal, tiene una solución bastante fácil: se trata de abrir espacios de discusión libre, de atreverse a presentar los trabajos de uno a la consideración de los otros, de exponerlos en seminario, etc.

En Alicante, en la facultad de derecho, hace ya algunos años que un grupo de profesores estamos en ésas con un seminario mensual. Pasamos nuestros momentos mejores y peores de asistencia, pero seguimos erre que erre. Cómo estarán las cosas que la iniciativa tiene algo de revolucionaria.

La momia de Jeremías Bentham


En ésta mi primera entrada en mi primera experiencia como "bloguero" quiero justificar el título que he elegido: la momia de Jeremías Bentham.
Cuando conocemos a alguien es normal que obtengamos lo que llamamos una "primera impresión". La expresión "primera impresión" sugiere el ánimo de no convertir esas impresiones en definitivas, para no ser injustos. No hay que dejarse llevar, pensamos, por las primeras impresiones. Sin embargo, es muy probable que su incidencia en nuestros juicios sea irremediablemente excesiva. Algo similar pasa con las grandes obras de los grandes pensadores. Kant, por ejemplo, me produce una primera impresión de rigurosa seriedad. Al contrario, el pensamiento de Bentham resulta de buenas a primeras alegre. Bentham nos habla de proporcionar la mayor felicidad para el mayor número. Está empeñado en limpiar a la ética de prejuicios, metafísica y supercherías, en asentar las opiniones sobre juicios de hecho contrastados, en hacer que la humanidad salga ganando con la ética. Claro, la profundización en su pensamiento es harina de otro costal. Ahí vienen las críticas y las consecuencias inaceptables. Con el tiempo, la primera impresión casi se desvanece.
Sin embargo, la historia de la momia de Bentham me reconcilia con él. Bentham, su momia, está expuesta en el University College de Londres. Yo no la he visto en vivo, si se me permite la expresión. He visto fotos en la red y lo he leído por ahí en diversas ocasiones. Tampoco conozco los detalles de la historia. El hecho es que se le puede ver sentado, con ropa de época, en una especie de caseta de madera (como un confesionario) y una expresión amable en el rostro. La cabeza está cubierta por un gracioso sombrero de ala ancha y en una de las manos (no siempre la misma, según las fotos) lleva un bastón. El rostro que vemos corresponde a una máscara. La cabeza original anda por ahí: eventualmente a los pies de la momia (bastantes desfigurada); en otras ocasiones, guardada no sé dónde. Por supuesto, corren las consabidas leyendas de gamberradas de los estudiantes con la cabeza del pobre Bentham.
Cuando me enteré de esta curiosa historia (seguramente lo raro es que no me hubiera enterado antes), estaba explicando en clase precisamente la iusfilosofía benthamita. Se me ocurrió entonces llevar a los alumnos las fotos de la momia para que, more bolonia, recordaran más fácilmente quién era Bentham. También transmití a los alumnos mi particular interpretación del asunto (sin pretender que era la interpretación verdadera, pero sí una interpretación plausible): La momia de Bentham es la antítesis de la momia de, pongamos, Lenin. Esta última es solemne, grandiosa y trata de perpetuar una especie de veneración postmorten para que los vivos no olviden el peso de la historia; es como si la muerte fuera poca cosa para acabar con la gigantesca memoria del personaje. La momia de Bentham es todo lo contrario: también quiere burlar a la muerte, pero burlarla burlándose de la propia insignificancia. Pienso que Bentham aplicó el principio utilitarista al hecho inevitable de su propia extinción, se le ocurrió hacer algo divertido para los demás con sus restos y, siendo más divertido que la inhumación, estaba, aplicando el cálculo utilitarista, obligado pedir su momificación antes que su inhumación. De esta manera, Bentham contribuye, después de muerto, a la mayor felicidad del mayor número.
Un razonamiento similar se me ocurre para publicar un blog: hacer algo que me divierte a mí y que puede divertir a otros con mis restos, en este caso, intelectuales, en mi tiempo libre. Añado lo del tiempo libre porque en mi cabeza tengo también a Kant y me lo imagino con el ceño fruncido ante estas frivolidades. Creo, sin embargo, que hasta Kant admitiría que hay tiempo libre, aunque no estoy muy seguro.
Por último, he de confesar que con esto busco hacer algo de terapia. Si escribo para mí, lo dejo porque no me tomo tan en serio. Si sé que me van a leer, me preocupo de hacerlo bien porque me preocupa lo que los demás piensen de mí. Pero como es un blog, no estoy sometido a los rigores y tensiones del trabajo investigador. En conclusión, creo que el blog puede ayudar a que la creatividad no fenezca bajo el peso del rigor, porque el rigor aquí ya no es tan importante.