jueves, 25 de febrero de 2010

Moby Dick y "menos es más"

Durante muchos años, leía Moby Dick en verano. Con el tiempo fui comprando diversas ediciones y pude comprobar las variaciones tremendas que hay de una a otra según el traductor. Sin embargo, dado que la versión original es muy larga, no es infrecuente descubrir que la edición que tienes en las manos está acortada. En particular, se suelen acortar las consideraciones primeras del protagonista, Ismael, en las que se nos explica por qué se embarca en un ballenero. Estas consideraciones son tremendas. Allí se nos dice que la razón principal para embarcarse es que se trata de un "sucedáneo (o sustituto) del tiro de pistola" y que, además, hay que hacerlo como marinero y no como pasajero, puesto que sólo lo primero supone una alienación total de la carga de decidir. Precisamente, la frase del "sucedáneo" se suele eliminar. Supongo que la razón principal es que encaja mal con la idea de que se trata de una novela orientada a un público juvenil e, incluso, infantil; idea que es un disparate.
La cuestión que me parece muy digna de reflexionar es ésta de "embarcarse" en algo que no tiene vuelta atrás y que nos alivia de la responsabilidad y el coste de andar decidiendo a cada paso qué hacer o no hacer. La racionalidad de fondo de esta conducta parece descansar sobre el tópico de que a veces "menos es más" o "menos es mejor". De acuerdo con este tópico, no es verdad que siempre sea racional preferir más opciones de acción, más oportunidades, que menos. Erich Fromm ha visto el asunto en términos psicológicos, afirmando la existencia de un miedo a la libertad que nos empuja a estos embarques. A su juicio, de esta manera se explica, ni más ni menos, que los alemanes entregaran toda su libertad a la conducción de un líder liberticida. Algo parecido hace el bueno de Ismael que se somete a la férula de un enloquecido capitan Acab, el cual termina llevando toda su tripulación, igual que Hitler, al desastre.
Sin embargo, más allá de las indagaciones psicológicas, es importante considerar si tal comportamiento puede ser, en ciertas circunstancias, racional. Jon Elster piensa que sí y, además, considera que se trataría de una concepción de la racionalidad central para la acción humana, individual y colectiva. Pensemos, por ejemplo, en una de las ventajas del libro electrónico: podemos llevar en la máquina cuando nos vamos de viaje, no sé, quinientos títulos a la vez. Desde luego, que uno puede limitarse a leer de cabo a rabo uno sólo de los libros, pero si cambia de opinión tiene 499 más para elegir. Parece que se trata, efectivamente, de una ventaja. Yo no estoy tan seguro: Por un lado, si bien ya no tendré que decidir cuidadosamente mientras hago la maleta qué libro o libros me llevo (siempre serían muchos menos, claro), a lo largo del viaje me quedará la inquietud de estar eligiendo bien, dado que tengo tantas opciones abiertas. De otro lado, la posibilidad de divorcio literario instantáneo y sin coste (quedarme sin lectura), me puede hacer no terminar libros que, de otra manera, me hubieran producido mucha satisfacción. A la larga, puedo acabar siendo un lector inconstante y superficial, que hojea pero no profundiza.
Es famosa la historia de Hernán Cortés quemando las naves. Se trata de los mismo, pero a la española. La cosa es que le salió bien. Heródoto nos cuenta, por el contrario, que Darío se salvó de milagro en su huida de los escitas porque un sabio consejero le disuadió de destruir el puente, como era su intención, que los persas habían construido sobre el Danubio.
En definitiva, que parece cierto que, en ocasiones, menos es más, pero el problema es saber cuándo. Con todo, no es poca cosa darse cuenta de que no necesariamente disponer de más opciones es mejor; lo cual incluye al dinero, que es el gran hacedor de opciones.


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