Leo en Revista de Libros una reseña que José Luis Pardo hace a un par de libros sobre la universidad. Uno de ellos es el de Bermejo: "La fábrica de la ignorancia. La universidad del "como si". El artículo de Pardo se llama "Ignorancia a la boloñesa". Estoy muy de acuerdo con lo que allí se dice, pero creo que el autor termina naufragando en las mismas aguas que, desde el comienzo, advierte como aguas peligrosas. Efectivamente, es muy difícil explicar el asunto. Quizás Bermejo lo haya conseguido en su libro, que no he leído. Me imagino a Pardo releyéndose y meditando sobre cuál es su lector, evaluando si consigue transmitir el cogollo del asunto. Al final, termina dedicando más espacio a explicar por qué esto de Bolonia es tan difícil de entender que a la explicación del proceso en sí. En todo caso, con mucha lucidez, Pardo se detiene a insistir en en que de lo malo (la situación actual de la Universidad) se puede pasar a lo peor (la Universidad boloñesa).
Me pregunto si este tema de Bolonia no es de los que sólo se pueden explicar en general por medio de contar lo muy particular. Un ejemplo: Cuando se inició el dichoso proceso, una de las primeras medidas fue destinar fondos a la creación de redes (grupos de profesores), con el objetivo de elaborar guías docentes (una especie de plan detallado de qué se iba a dar, cómo y cuándo), adaptadas a Bolonia, esto es, midiendo todo el trabajo del estudiante (en clase y fuera de ella) en los famosos créditos europeos (ECTS). Dichas redes constituían la base para la adaptación de todas las licenciaturas y diplomaturas (grados) a Bolonia. No sé la cantidad de dinero que consumió este programa, pero sé que no fue desdeñable. Las redes trabajaron sometidas a la supervisión de un grupo de expertos en pedagogía que convertían a los profesores en absolutos legos de la docencia. Se elaboraron los documentos, se publicaron y se completaron los diversos programas, a lo largo de varios años y por todos los centros universitarios. La mayoría de los que participaron en las redes eran profesores jóvenes a los que convenía dicha participación como mérito en los procesos de acreditación y habilitación docente.
Después llegó el momento de constituir las comisiones de reforma de grado. Pues bien, en ellas el trabajo de las redes no se utilizó en absoluto. A las comisiones, o bien fueron los directores de departamento (ausentes en las redes), o bien delegados suyos con instrucciones muy precisas. La estructura de los planes no se diseñó, se negoció. La negociación no se hizo, por supuesto, centralmente en las comisiones sino en conversaciones privadas, con frecuencia alcahuetadas por los decanatos y direcciones de centro.
En resumen, todo el tiempo y dinero dedicados a las redes se podía haber ahorrado: bastaba con saber el número total de créditos disponible y, a partir de ahí, negociar qué parte corresponde a cada área o departamento.
¿Un derroche más de fondos públicos? Sí, pero un derroche menor en todo caso. El problema no es tanto el dinero como que con las redes comenzó a confeccionarse el invisible traje del rey que, desde entonces hasta ahora, se pasea por ahí desnudo, mientras que las autoridades académicas le alaban la elegancia.
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