martes, 11 de junio de 2013

Replicando a Boix: contra la condena absoluta y general del paternalismo estatal


 Mi opinión es que la medida de obligar a llevar el casco en la bici en vías urbanas no se justifica (aunque reconozco que no me he puesto a considerar el asunto con todo detenimiento). Sin embargo, mi participación en el debate quiere centrarse más en las premisas que en la conclusión, por así decirlo.
Tengo amigos en los que confío que siguen a Andrés Boix en Twitter y, por transitividad, ayer decidí  seguirlo yo también. La cosa es que me leí el texto al que se refiere su tweett (¿se escribe así?) en el que –dice Andrés- “explico porque no se puede obligar a un ciclista a llevar casco (y yo lo llevo)” y me pareció tan errado que se me quitó el sueño, sobre todo porque sabía que no podía dejar la cosa así y mira que tengo mucho trabajo ahora, pero ni hablar, no puedo, tengo que decir algo al respecto.
Espero que esto sea el comienzo de una bonita amistad, Andrés, puesto que estoy seguro de que si esos amigos en quienes tanto confío te siguen será por algo. Por el momento,  ahí va una diatriba.
Desechas que la ponderación sea el método adecuado para resolver sobre la constitucionalidad de una obligación “legal” (si fuera el caso) de llevar el casco en las bicicletas porque “hay formas más claras de entender hasta qué punto supone una intromisión ilegítima del legislador en nuestra esfera de libertad una medida así”. A tu juicio, bastaría con entender que el contenido esencial del art. 17 consiste en garantizar la “libertad de hacer lo que nos dé la gana…mientras con eso no perturbemos a los demás o invadamos facultades o esferas jurídicas a su vez protegidas o reconocidas en su favor”. Dicho de otro modo, “este precepto –afirmas- contiene una garantía última frente al paternalismo estatal”. De donde concluyes que la “prohibición del casco es inconstitucional por ir contra el art. 17 de la CE, sin necesidad de ponderación alguna”. En la línea de Stuart Mill, das por supuesto que el propio bien de los individuos nunca es una razón para una prohibición.
Reconoces que tu posición puede resultar incoherente con la casi universal aceptación de algunas prohibiciones paternalistas: como la obligación de llevar casco en vías interurbanas o de llevar cinturón de seguridad en los coches. Sin embargo, sorprendentemente, restauras la coherencia no por el lado de revisar tu posición sino por el lado de asumir que tales obligaciones tendrían que ser eliminadas. De tu texto se desprende, finalmente, que por paternalismo entiendes toda intervención en la esfera personal de libertad general de los adultos justificada por su propio bien.
A mí, tu opinión sobre este asunto, como te decía, me parece tan errada que me irrita un poco. Lo primero, es que no pareces haber reflexionado mucho sobre la relevancia jurídica de la distinción entre minoridad y mayoría de edad. Si la afirmación de la minoridad justifica intervenciones paternalistas es porque asociamos tal estado con ciertos déficit cognitivos o volitivos. De manera que toda vez que los mismos déficit pudieran presentarse en adultos deberíamos, por el principio de universalidad, considerar la posibilidad de un paternalismo justificado sobre los mismos.
En segundo lugar, creo que no has reflexionado sobre lo que está en juego: pásate por una asociación de víctimas de accidentes de tráfico y les preguntas qué les parece lo de eliminar la obligación de llevar el casco en la moto (lo siento, reconozco que este argumento es un poco duro). Por cierto, que este mismo argumento no creo que se pueda utilizar sin más ni más en relación con lo del casco en la bici, como hacen algunas interesadas aseguradoras.
En tercer lugar, creo que no estás planteando bien la cuestión: La pregunta que debemos hacernos, a mi modesto entender, es la siguiente: ¿Tiene derecho un individuo, o una minoría, a impedir la aprobación de una ley democrática por la cual una mayoría quiere protegerse a sí misma de ciertos previsibles déficit cognitivos o volitivos? Por ejemplo, una de los fundamentos más frecuentes a la detracción obligatoria de una parte de la nómina para las futuras pensiones de jubilación es contrarrestar el bien conocido déficit de la “miopía” (esto es, sobrevaloramos lo que supone una gratificación inmediata a lo que supone una gratificación postergada, aunque reconozcamos que la postergada es mejor). Sabemos que cuando tal detracción no es obligatoria, una parte muy importante de la población es pobre cuando más necesita tener asegurados unos recursos. La pregunta es ¿tiene derecho un individuo a que tal obligación sea anulada, frente a la mayoría democrática, porque viola su derecho a la “libertad general”? Si conviertes la idea de “libertad general” en sinónimo de “prohibición de paternalismo” la respuesta es afirmativa, pero a costa de dar por supuesto aquello que hay que probar. Si no quieres cometer una falacia de petición de principio deberías explicar cuál es el fundamente de tan extraordinaria fuerza y alcance del derecho a la libertad general: Me pregunto si, coherentemente, apoyas también que desaparezcan otras instituciones como las contribuciones obligatorias al seguro de salud, el salario mínimo interprofesional, las vacaciones mínimas innegociables, la obligación de receta médica para medicamentos peligrosos, la obligación de informar sobre tratamientos médicos o sobre el alcance de contratos complejos (que nos priva de la “libertad” de decidir sin informarnos), de las normas contra el intrusismo profesional (interfieren con mi libertad de juzgar por mí mismo en manos de quién me pongo)…de, como último ejemplo, la  rigidez constitucional por la que una sociedad democrática se ata a si misma a un compromiso de respeto por los derechos de las minorías.
En definitiva, das por supuesto aquello que debías probar, esto es, que la mejor interpretación constitucional del art. 17 de la CE entraña una condena general y absoluta de todo paternalismo sobre adultos. Dicha interpretación, no sólo no es coherente con un par de regulaciones que, de forma algo frívola (lo siento, de nuevo) estás dispuesto a eliminar, sino con muchísimas otras que juntas forman una estructura muy importante para la socialdemocracia. Creo que no te das cuenta del alcance que tiene el antipaternalismo estricto, que nos lanza irremediablemente en manos del neoliberalismo más radical (hablando de manos: se las frotan las empresas y los agentes privados cuando se condena tan radicalmente el paternalismo estatal, ya que desaparecido el ogro filántropico queda el terreno libre para los ogros codiciosos).
Insisto: el que se afirme que hay casos de paternalismo justificado no implica sostener que todo paternalismo estatal está justificado (esto sería tan irrazonable como la condena general y absoluta del paternalismo). Como decía al principio, el asunto de la obligación del casco en la bici me parece un caso bastante claro de paternalismo NO justificado.

viernes, 31 de mayo de 2013

Una profunda falta de respeto por la vida y la dignidad humanas

La Iglesia Católica, que se presenta como la gran defensora en este principio de siglo de la vida y la dignidad humanas, muestra, sin embargo, una profunda falta de respeto tanto por la vida como por la dignidad humanas.

Muestra una profunda falta de respeto por la vida puesto que defiende con total frialdad el sacrificio de una vida, si es que dicho sacrificio es exigido por un razonamiento cuyas premisas son teológicamente validadas. En esto se muestra cruelmente irrazonable.  Hace algunos años, se abrió la posibilidad de curar casos graves de leucemia infantil, mediante el procedimiento de utilizar una técnica de reproducción humana asistida que asegurara un embarazo, por medio de la selección de embriones, de un hermano histocompatible, de manera que se pudieran obtener posteriormente células del cordón umbilical para repoblar la médula del enfermo. Cuando una pareja española consiguió de esta manera salvar la vida a su pequeño primogénito, la Conferencia Episcopal Española se apresuró a sostener que "el nacimiento de una persona humana ha venido acompañado de la destrucción de sus propios hermanos, a los que se les ha privado del derecho a la vida" (El País, 26 de octubre de 2008). Con lo de "propios hermanos" se refería a los embriones no implantados en el procedimiento. Dicho de otro modo, la Iglesia exigía el sacrificio del niño enfermo para preservar la vida de los embriones in vitro.
Cualquier persona que de buena fe se tome en serio el problema y trate de dar una respuesta razonable al mismo, estará dispuesta a considerar el asunto a partir de sus principios pero también a considerar sus principios a partir del asunto. Cualquier persona razonable se da cuenta de que no se le puede decir al niño enfermo que por razones morales debe morir puesto que sus intereses pesan lo mismo que los de unos embriones in vitro. Decir esto es no tener respeto por la vida humana. En realidad, la Iglesia más que a la vida o al sufrimiento humano le muestra respeto a la autoridad sapiencial de sus jerarquías (porque están mezcladas las ideas de verdad y autoridad, hasta el punto que para ellos la verdad es lo que dice la autoridad). Así que si en un momento histórico alguna autoridad eclesiástica ha venido a decir que la verdad es que Dios insufla el alma en el momento de la concepción (desdiciéndose de la verdad establecida con anterioridad, por ejemplo que Dios insufla el alma cuando lo gestado tiene forma humana), entonces los príncipes de la Iglesia aplican el principio, como una mera derivación lógica, a los problemas de la realidad, con independencia de cuán aberrantes sean sus consecuencias.
Para proceder de esta manera, para pensar así los problemas éticos, hace falta algo más que una mera idea: hace falta desprenderse de la empatía, de la humanidad que se compadece del sufrimiento y del deseo de ponerle fin. Estos príncipes de la Iglesia están preparados para ello: envueltos en el sostenimiento de un patriarcado medieval, alejados de la parte femenina del mundo, condenados a un celibato que, como mínimo, les hace imposible experimentar, al menos sin contradicción, el calor y la ternura de una caricia; preparados, en definitiva, para defender el dogma contra el hombre.
La Iglesia muestra una falta profunda de respeto por la dignidad y la vida humanas cuando quiere obligar a una mujer, bajo la amenaza de cárcel, a gestar a un niño anancefálico, que no podrá sobrevivir más de veinticuatro horas fuera del claustro materno, aun cuando dicha gestación pueda desembocar con muchas probabilidades en la muerte de la gestante (y, por ende, del niño). A la mujer se la quiere privar de esta manera del derecho a decidir sobre su propia vida y se la convierte en un puro instrumento al servicio del respeto de una idea teológica, una pura abstracción, episódicamente triunfante en los interminables debates teológicos, que se quiere imponer contra la libertad religiosa y sean cuales sean las consecuencias.
En definitiva, para la Iglesia Católica el problema de esta chica de 22 años de El Salvador, que se halla en tan terribles circunstancias, no es, paradójicamente, ni siquiera un problema, en el sentido de una cuestión que merece ser considerada en serio. De ahí que arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, advierta a las personas que promueven el aborto en este caso que "no lo hagan por caridad, no es justo" (Agencia EFE, 21 de abril). Esto significa que ninguna circunstancia puede abrir la puerta a la revisión de los dogmas, ni siquiera para considerar la posibilidad de una excepción. La falta de respeto por la vida y la dignidad humanas es enorme. 

jueves, 28 de octubre de 2010

El infierno de las estadísticas: más salsa bolognesa

¿Han tenido la suerte de ver la serie "The wire"? Si no es así, pues la recomendación va en la pregunta.
Unos de los aspectos más llamativos de la serie es la importancia que la policía, el ayuntamiento, los servicios sociales y las instituciones educativas de la ciudad de Baltimore atribuyen a las estadísticas. Las estadísticas lo son todo.
Para la sección de homicidios, la única cuestión es la ratio entre casos abiertos y cerrados en el plazo de referencia, esto es, un año natural. Si a 31 de diciembre hay un porcentaje de casos no solucionados superior al 50% de los abiertos, mala cosa. ¿Cómo evitar esta situación que puede despertar a los burócratas supervisores de la labor policial? Pues una manera es solucionando realmente más del 50% de los casos que se presentan. El problema es que esto es realmente difícil, si no imposible. De ahí que haya que utilizar vías alternativas: por ejemplo, no dándose por enterado de que se ha producido un homicidio (si no hay cadáver, no hay homicidio), discutiendo con ferocidad a qué servicio le corresponde el caso (si se descubrió en el puerto no es de homicidios de Baltimore), dejando abierta la posibilidad de que alguien se suicide torturándose a sí mismo, no abriendo unas casas abandonadas en las que según informes fiables pueden esconderse más de diez cadáveres (por lo menos hasta el 1 de enero, que ya computa por el año siguiente), etc. ¿Exagerado? ¿Pueden ser realmente las cosas de esta manera? Yo pensaba que sí, que se trataba de una exageración.., hasta que en la cuarta temporada de la serie se centran en las escuelas públicas de Baltimore. Lo de la educación lo conozco, así que todo me empezó a sonar conocido.
Nos introducen en la vida de una escuela pública en un barrio marginal. Los niños y adolescentes van a clase y trafican con drogas en sus esquinas. Muchos de ellos abandonan el curso o si permanecen en la aulas no hacen más que provocar a sus profesores. Difícilmente puede la escuela cumplir con sus objetivos. ¿Pero cuáles son estos objetivos? Desde mucho tiempo atrás, cumplir con ciertos baremos que fijan las autoridades supervisoras porque en otro caso la escuela pierde financiación. Así que la escuela debe obtener un mínimo de nota media en el examen oficial de fin de curso que se les hace a los alumnos. Dicho examen está muy por encima de las posibilidades reales de los estudiantes, de hecho se muestra cómo para conseguir algún logro pedagógico los profesores deben poner en marcha mil estrategias diferentes. Es una pérdida de tiempo centrarse en el examen. Solución: bajar el listón de manera que las notas ya no reflejan el nivel de conocimientos de los estudiantes sino su adaptación al mínimo exigido por las estadísticas.
Otro ejemplo: la escuela debe acreditar un mínimo de presencialidad de los alumnos en sus clases para conservar su financiación. Para ello cuentan con un programa de "vuelta a las aulas". Unos trabajadores de la escuela van a la calle a buscar a los niños que deben estar en clase y los traen de vuelta. La eficacia del programa se mide por el número de niños diferentes que cada mes han sido traídos de vuelta a las aulas. De ahí que estos trabajadores disponen de una lista de ausentes y los llevan a la escuela sólo un día al mes, que es lo que cuenta, y los dejan en paz hasta el mes siguiente que volverá a contar. Los niños que ya se lo saben, cuando llega la furgoneta "escoba" les aclaran que hasta el mes que viene no les toca. Y así "ad nauseam".
Todo son estadísticas en "The wire". Quien tiene una estadística a su favor "salva su culo", quien no, pues pierde financiación o directamente el puesto.
Ahí vamos de cabeza en la universidad española en salsa bolognesa. Si no tienes un buen porcentaje de aprobados, menos financiación. Si no tienes un mayor número de tesis doctorales dirigidas, no hay acreditación. Si no publicas más, lo mismo. ¿Qué es lo que va a ocurrir? ¿Que aprobarán más estudiantes porque sabrán más? ¿Que se dirigirán más y mejores tesis? ¿Que se escribirán más y mejores artículos?. Por supuesto que no: se bajará más y más el listón para el aprobado, se dirigirán más y peores tesis doctorales, se escribirán más y peores artículos.
El proceso de Bolonia termina ahí: maquillaje estadístico. Una desgracia.

martes, 26 de octubre de 2010

"Vargasllosada"

La religión política que profesa el divino Vargas Llosa le ha empujado a publicar un artículo salvándole la cara al movimiento “Tea Party” que se titula “Las caras del Tea Party” (El País, 24 de octubre de 2010). Supongo que en el momento en que sus admirados lectores de izquierdas más dispuestos estamos a la reconciliación, satisfechos por la concesión del premio Nobel, Vargas Llosa ha sentido la llamada del sacrificio, de la imprecación religiosa y de decir como Jesucristo cuando sus hermanos y su madre querían verlo en público que no, que mis hermanos son estos otros. Eso sí, con la confianza proselitista de que nos acerquemos a sus ideas.

La idea principal del artículo está resumida en su título. El “Tea Party” no sólo es una cuestión de radicales aberrantes de ultraderecha partidarios de las armas, homófobos, integristas religiosos, etc. Pensar que sólo es eso, nos dice nuestro querido escritor, es “pura paranoia o afloración de deseos reprimidos de los enemigos de Estados Unidos”.

Los argumentos de Vargas Llosa son básicamente que 1) el Tea Party complica más la vida a republicanos que a demócratas, 2) no es un partido político sino un movimiento, y 3) en la entraña de dicho movimiento (por debajo de sus dirigentes y su cara más visible) hay algo “sano, realista, democrático y profundamente libertario”, a saber, “el temor al crecimiento desenfrenado del Estado y de la burocracia”.

Los dos primeros argumentos creo que son totalmente irrelevantes. Los movimientos de ultraderecha siempre complican más la vida electoral de los partidos de derechas que la de los de izquierdas, aunque terminan complicando la vida de todos los ciudadanos. Podría decirse aquello de “chocolate por la noticia”.

El tercer argumento, que no se puede decir que sea irrelevante, tiene dos partes. La primera es la disociación entre lo que el Tea Party parece ser y su entraña escondida. Es un ejemplo de una forma de argumentar muy común que distingue la apariencia de la realidad. Así, cuando decimos de alguien que en el fondo es una buena persona (o lo contrario), pretendemos señalar que las apariencias son engañosas. A mi juicio, hay que desconfiar de su uso en los juicios de reproche y alabanza y, muy en particular, en la acción política. Uno podría distinguir entre las apariencias y las entrañas de, por ejemplo, el nazismo; señalando que, a pesar del irracionalismo de sus propios dirigentes, surgía de la justa reivindicación de derechos para las clases populares alemanas. Al contrario también se podría argumentar de esta forma diciendo que los judíos alemanes, a pesar de su apariencia de buenos ciudadanos, entrañaban una perversión moral “oculta”. Creo que es más confiable juzgar a las personas y a los movimientos por sus acciones y declaraciones públicas. No hay nada más abyecto que la condena de alguien porque “tiene una cara oculta” sin que se pueda precisar qué es lo que hizo o dijo para merecer tal condena. Igualmente, no hay exculpación más ilegítima de una persona que aquella que pretende simplemente que, a pesar de lo que hizo o dijo, en el fondo ello no refleja su auténtico ser. No hay auténtico ser: somos lo que hacemos y decimos.

Decía que el argumento tiene una segunda parte: la entraña valiosa del Tea Party es su lucha contra el Estado. El Estado, ése ente perverso en la religión de Vargas Llosa, que, entre otras perversidades, es capaz de crear “sistemas llamativos de asistencia social que sólo podrán financiarse con subidas sistemáticas de impuestos, lo que se traducirá en caídas de los niveles de vida de las clases medias y populares”. Sobre esta última frase: “no comment”. La perversidad natural del Estado reside, de acuerdo con nuestro admirado escritor, en que pretende, con el dinero de otros, llevar a cabo políticas públicas sustituyendo la iniciativa privada de los ciudadanos que pueden invertir SU dinero en aquello que consideran “justo y necesario” (Amén). Ese adjetivo posesivo “SU” referido al dinero de los ciudadanos resume toda la iniquidad del credo vargasllosiano. Debe ser un milagro de su Dios (representado, imagino, por una mano invisible) que el estatus quo en la sociedad civil refleje un orden legítimo, que el joven negro de Baltimore que nació en la marginación no tenga SU dinero para invertir en causas justas y necesarias (por ejemplo, su propia educación) y que el joven blanco de Nueva Inglaterra nacido en la abundancia tenga la libertad de decidir qué hacer con SU dinero (bueno, el de papá por el momento) para invertirlo en causas justas y necesarias (¿la educación del joven negro?). En fin, qué más se puede decir.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Falacias católicas bioéticas I

La campaña del Gobierno es, cuando menos, irresponsable. Ha desfigurado gravemente el mensaje de los máximos expertos en la materia, los Centros para el Control de Enfermedades, de USA. Ha callado su parte fundamental: “que la abstinencia y la relación sexual con una pareja mutuamente fiel y no infectada son las únicas estrategias preventivas totalmente eficaces” (Condoms for prevention of sexually transmitted diseases. Morbidity and Mortality Weekly Report 1987;37,7-9)”.

(Gonzalo Herranz Rodríguez, Profesor de ética médica de la Universidad de Navarra: “El timo del preservativo”)

Herranz Rodríguez en su crítica a la campaña del Gobierno promoviendo el uso del preservativo entre los jóvenes (“Póntelo, pónselo”) nos propone una ejemplo muy claro de la falacia que podemos llamar, sin ánimo de menospreciar las tradiciones clasificatorias al respecto, “falacia del timo del preservativo”.

El argumento procede como sigue: Se afirma que las autoridades sanitarias no deben llevar a cabo campañas promoviendo el uso del preservativo entre los jóvenes con la finalidad de evitar contagios de sida. Dicha afirmación se apoya en que el uso del preservativo no garantiza al cien por cien el no contagio y que tales campañas alientan la promiscuidad sexual. Como es el caso que el único medio infalible contra el contagio es la abstinencia o la sexualidad no promiscua con una sola persona no contagiada (tampoco promiscua), las autoridades engañan a los ciudadanos ocultando el verdadero instrumento de lucha contra la enfermedad y, en última instancia, favorecen su expansión.

Que el argumento es falaz se muestra al trasladarlo a otro asunto. Supongamos que alguien argumenta análogamente: Las autoridades de tráfico no deben llevar a cabo campañas promoviendo el uso del cinturón de seguridad. El uso del cinturón de seguridad no garantiza al cien por cien salir indemne (o, al menos, con vida) de un accidente de tráfico y, además, indirectamente alientan el uso de vehículos (presentando como seguro lo que no lo es). Como es el caso que el único medio infalible para eliminar los riesgos del tráfico es no subirse nunca a un coche, las autoridades engañan a los ciudadanos ocultando el verdadero instrumento de lucha contra los accidentes y, en última instancia, los promueven.

Este último argumento nos parece ridículo porque consideramos que el problema de la seguridad en el tráfico es, más exactamente, el problema de cómo seguir circulando con seguridad y para este problema “dejar de circular” no es un medio, es un sinsentido. Consideramos, en general, que el uso de vehículos es una necesidad de la que no cabe prescindir y, por tanto, las campañas de seguridad en el tráfico deben juzgarse en este contexto.

Las autoridades sanitarias entienden el problema del sida de la misma manera: se trata de promover la seguridad en las relaciones sexuales y el preservativo es, sin duda, el mejor medio para hacerlo. La “falacia del timo del preservativo” parece estar aplicando una razonable máxima según la cual “en presencia de varios medios, en igualdad de condiciones, hay que escoger el más eficaz”, pero en realidad es el argumentador quien de trata timarnos porque descalifica al preservativo como un “medio” sin asumir sinceramente el “fin” para el que se propone. Más valdría que se atrevieran estos pensadores católicos a decir lo que realmente piensan: que toda actividad sexual que no respete los principios de la moral católica es ilícita y que hay que disuadir de realizar actividades ilícitas, en lugar de promover una mayor seguridad en su realización.

martes, 9 de marzo de 2010

Bienes de interés cultural

Causa estupor la ocurrencia de la derecha española de convertir a las corridas de toros en "bien de interés cultural" en el momento en que se debate su abolición en el Parlament de Catalunya. Parecen empeñados en construir un muro entre Catalunya y el resto del Estado español.

Al margen de los motivos espurios de dicha iniciativa, hay una razón profunda para rechazarla e, incluso, para considerarla inconstitucional. La fiesta de los toros es muy rentable económicamente y, como hemos visto, goza de un importante apoyo en todos las clases sociales. No es, desde luego, una tradición en peligro de desaparición. Salvo, claro, por las iniciativas cívicas del movimiento anti-taurino. Así que la declaración de bien de interés cultural tan sólo puede tener como objetivo proteger a los toros de dicho movimiento. Esto es inaceptable. El movimiento anti-taurino es un ejemplo de defensa democrática de una idea. Sus acciones orientadas a promover el debate, denunciar o promover por medio de una iniciativa legislativa popular la abolición, no sólo constituyen el ejercicio de derechos constitucionalmente protegidos, sino que son el tipo de acciones que constituyen el meollo de una democracia.

Todos los ciudadanos están obligados a no destruir u obstaculizar tradiciones que son bienes de interés cultural. De manera que tal calificación convertiría en ilegítimo el ejercicio de un derecho. No se trata, además, de un pequeño grupo, excéntrico, sin argumentos y sin apoyo popular. Es muy probable que un referendum nacional al respecto hiciera vencer la balanza a su favor o, en todo caso, que mostrara la existencia de tan solo una pequeña diferencia.

Con esta extravagancia, los gobiernos aguerridos de Madrid y Valencia traicionan la confianza que la sociedad democrática ha puesto en sus manos al permitirles manejar conceptos tan delicados como "formas de vida valiosas". Tan liberales que se presentan y son la pesadilla del liberalismo: Stuart Mill probablemente diría que es mejor que algunas tradiciones y objetos culturales (realmente valiosos) perecieran ahogados por la indiferencia del público poco ilustrado, a dejar en manos del gobierno (aun democrático) la determinación de qué merece ser protegido.

Yo creo que es legítimo que un gobierno democrático proteja algunos bienes culturales que de otro modo desaparecerían por la miopía social, los intereses siniestros, la incultura, etc. Pero éste no es el caso, insisto, de la fiesta de los toros, cuya única "amenaza" parece ser la misma democracia.

sábado, 6 de marzo de 2010

Mosterín y el debate de los toros

Es una pena que en el debate sobre la abolición de los toros en Cataluña, que se ha celebrado en su Parlament, los partidarios de las corridas hayan contado con la inestimable ayuda de Jesús Mosterín. Una pena que después de intervenciones tan brillantes como la de Pablo De Lora, todo el interés de los periodistas se haya dirigido hacia las declaraciones de Mosterín.

Jesús Mosterín es uno de los filósofos más interesantes en la actualidad y creo que es justo afirmar que debe ser uno de los que más saben. Pero, como en tantas otras ocasiones, nos encontramos con que un gran filósofo anda muy errado en cuestiones prácticas. En este caso no se trata de que se defienda alguna tesis práctica (ética, política, jurídica, etc.) insostenible, porque yo creo que Mosterín tiene toda la razón en sostener que las corridas de toros deben ser abolidas, de Cataluña y de la faz de la tierra. El problema está en que Mosterín parece creer, seguramente por su formación de lógico, que un buen argumento lo es siempre con independencia del auditorio y de las circunstancias. Igualmente, creo que nuestro valioso filósofo debe considerar bastante irrelevante el aspecto emotivo de las palabras.

Plantear el problema de la abolición como una alternativa entre tribus bárbaras y pueblos civilizados, frente a los indecisos parlamentarios catalanes, es ignorar por completo el sentido de lo que allí se estaba haciendo y los rasgos peculiares del auditorio. De un lado, no son bárbaros aquellos que deliberan, aunque lo hagan sobre una costumbre bárbara y, de otro lado, no es muy persuasivo que, en fase de deliberación, se trate de bárbaros a quienes discrepen de la tesis propia.

Dar pié a la comparación entre mujeres maltratadas y toros maltratados (aunque no sea eso exactamente lo que se dice, hay que prever que así va a ser tomado) son ganas de provocar una reacción en contra de la propia tesis, ya que las mujeres se pueden sentir minusvaloradas y los indecisos pro-taurinos ofendidos. Una persona minusvalorada o una persona ofendida es mucho más difícil de persuadir.

El problema está en que para persuadir hay que tener muy en cuenta el auditorio. Ello obliga a elegir bien los argumentos y, por supuesto, a actuar de una manera respetuosa.

Aristóteles consideraba que la retórica era, como la violencia, una herramienta al servicio de lo mejor y de lo peor. Si bien creía que el que argumenta por la verdad y la justicia tiene cierta ventaja para persuadir, lo cierto es que no es suficiente con tener razón para conseguirlo y hay, por tanto, que manejarse bien en el arte de la retórica. Creo que Mosterín no ha podido hacerlo peor. Incluso su actitud era inadecuada: no convienen las sonrisas desde la tribuna, por más estúpidos que nos parezcan nuestros interlocutores, si es que queremos persuadirlos de algo.

Una última cosa: Me temo que, en el fondo, Mosterín no puede eludir el discurso de los bárbaros y los civilizados porque, también en el fondo, no cree que exista la razón ética: La razón para él es esa facultad instrumental de hilvanar consistentemente medios a fines, pero con respecto a los fines, la única diferenciación que se puede hacer tiene que ver más con la estética que con la ética. Es mejor oír a Mozart que a Bisbal, o leer a Cervantes que a Matilde Asensi, pero ése "mejor" significa sólo que es más culto o refinado. A ver si al final el asunto de los toros es para él lo mismo: o un problema de inconsistencia o de gusto poco refinado.