miércoles, 24 de marzo de 2010

Falacias católicas bioéticas I

La campaña del Gobierno es, cuando menos, irresponsable. Ha desfigurado gravemente el mensaje de los máximos expertos en la materia, los Centros para el Control de Enfermedades, de USA. Ha callado su parte fundamental: “que la abstinencia y la relación sexual con una pareja mutuamente fiel y no infectada son las únicas estrategias preventivas totalmente eficaces” (Condoms for prevention of sexually transmitted diseases. Morbidity and Mortality Weekly Report 1987;37,7-9)”.

(Gonzalo Herranz Rodríguez, Profesor de ética médica de la Universidad de Navarra: “El timo del preservativo”)

Herranz Rodríguez en su crítica a la campaña del Gobierno promoviendo el uso del preservativo entre los jóvenes (“Póntelo, pónselo”) nos propone una ejemplo muy claro de la falacia que podemos llamar, sin ánimo de menospreciar las tradiciones clasificatorias al respecto, “falacia del timo del preservativo”.

El argumento procede como sigue: Se afirma que las autoridades sanitarias no deben llevar a cabo campañas promoviendo el uso del preservativo entre los jóvenes con la finalidad de evitar contagios de sida. Dicha afirmación se apoya en que el uso del preservativo no garantiza al cien por cien el no contagio y que tales campañas alientan la promiscuidad sexual. Como es el caso que el único medio infalible contra el contagio es la abstinencia o la sexualidad no promiscua con una sola persona no contagiada (tampoco promiscua), las autoridades engañan a los ciudadanos ocultando el verdadero instrumento de lucha contra la enfermedad y, en última instancia, favorecen su expansión.

Que el argumento es falaz se muestra al trasladarlo a otro asunto. Supongamos que alguien argumenta análogamente: Las autoridades de tráfico no deben llevar a cabo campañas promoviendo el uso del cinturón de seguridad. El uso del cinturón de seguridad no garantiza al cien por cien salir indemne (o, al menos, con vida) de un accidente de tráfico y, además, indirectamente alientan el uso de vehículos (presentando como seguro lo que no lo es). Como es el caso que el único medio infalible para eliminar los riesgos del tráfico es no subirse nunca a un coche, las autoridades engañan a los ciudadanos ocultando el verdadero instrumento de lucha contra los accidentes y, en última instancia, los promueven.

Este último argumento nos parece ridículo porque consideramos que el problema de la seguridad en el tráfico es, más exactamente, el problema de cómo seguir circulando con seguridad y para este problema “dejar de circular” no es un medio, es un sinsentido. Consideramos, en general, que el uso de vehículos es una necesidad de la que no cabe prescindir y, por tanto, las campañas de seguridad en el tráfico deben juzgarse en este contexto.

Las autoridades sanitarias entienden el problema del sida de la misma manera: se trata de promover la seguridad en las relaciones sexuales y el preservativo es, sin duda, el mejor medio para hacerlo. La “falacia del timo del preservativo” parece estar aplicando una razonable máxima según la cual “en presencia de varios medios, en igualdad de condiciones, hay que escoger el más eficaz”, pero en realidad es el argumentador quien de trata timarnos porque descalifica al preservativo como un “medio” sin asumir sinceramente el “fin” para el que se propone. Más valdría que se atrevieran estos pensadores católicos a decir lo que realmente piensan: que toda actividad sexual que no respete los principios de la moral católica es ilícita y que hay que disuadir de realizar actividades ilícitas, en lugar de promover una mayor seguridad en su realización.

martes, 9 de marzo de 2010

Bienes de interés cultural

Causa estupor la ocurrencia de la derecha española de convertir a las corridas de toros en "bien de interés cultural" en el momento en que se debate su abolición en el Parlament de Catalunya. Parecen empeñados en construir un muro entre Catalunya y el resto del Estado español.

Al margen de los motivos espurios de dicha iniciativa, hay una razón profunda para rechazarla e, incluso, para considerarla inconstitucional. La fiesta de los toros es muy rentable económicamente y, como hemos visto, goza de un importante apoyo en todos las clases sociales. No es, desde luego, una tradición en peligro de desaparición. Salvo, claro, por las iniciativas cívicas del movimiento anti-taurino. Así que la declaración de bien de interés cultural tan sólo puede tener como objetivo proteger a los toros de dicho movimiento. Esto es inaceptable. El movimiento anti-taurino es un ejemplo de defensa democrática de una idea. Sus acciones orientadas a promover el debate, denunciar o promover por medio de una iniciativa legislativa popular la abolición, no sólo constituyen el ejercicio de derechos constitucionalmente protegidos, sino que son el tipo de acciones que constituyen el meollo de una democracia.

Todos los ciudadanos están obligados a no destruir u obstaculizar tradiciones que son bienes de interés cultural. De manera que tal calificación convertiría en ilegítimo el ejercicio de un derecho. No se trata, además, de un pequeño grupo, excéntrico, sin argumentos y sin apoyo popular. Es muy probable que un referendum nacional al respecto hiciera vencer la balanza a su favor o, en todo caso, que mostrara la existencia de tan solo una pequeña diferencia.

Con esta extravagancia, los gobiernos aguerridos de Madrid y Valencia traicionan la confianza que la sociedad democrática ha puesto en sus manos al permitirles manejar conceptos tan delicados como "formas de vida valiosas". Tan liberales que se presentan y son la pesadilla del liberalismo: Stuart Mill probablemente diría que es mejor que algunas tradiciones y objetos culturales (realmente valiosos) perecieran ahogados por la indiferencia del público poco ilustrado, a dejar en manos del gobierno (aun democrático) la determinación de qué merece ser protegido.

Yo creo que es legítimo que un gobierno democrático proteja algunos bienes culturales que de otro modo desaparecerían por la miopía social, los intereses siniestros, la incultura, etc. Pero éste no es el caso, insisto, de la fiesta de los toros, cuya única "amenaza" parece ser la misma democracia.

sábado, 6 de marzo de 2010

Mosterín y el debate de los toros

Es una pena que en el debate sobre la abolición de los toros en Cataluña, que se ha celebrado en su Parlament, los partidarios de las corridas hayan contado con la inestimable ayuda de Jesús Mosterín. Una pena que después de intervenciones tan brillantes como la de Pablo De Lora, todo el interés de los periodistas se haya dirigido hacia las declaraciones de Mosterín.

Jesús Mosterín es uno de los filósofos más interesantes en la actualidad y creo que es justo afirmar que debe ser uno de los que más saben. Pero, como en tantas otras ocasiones, nos encontramos con que un gran filósofo anda muy errado en cuestiones prácticas. En este caso no se trata de que se defienda alguna tesis práctica (ética, política, jurídica, etc.) insostenible, porque yo creo que Mosterín tiene toda la razón en sostener que las corridas de toros deben ser abolidas, de Cataluña y de la faz de la tierra. El problema está en que Mosterín parece creer, seguramente por su formación de lógico, que un buen argumento lo es siempre con independencia del auditorio y de las circunstancias. Igualmente, creo que nuestro valioso filósofo debe considerar bastante irrelevante el aspecto emotivo de las palabras.

Plantear el problema de la abolición como una alternativa entre tribus bárbaras y pueblos civilizados, frente a los indecisos parlamentarios catalanes, es ignorar por completo el sentido de lo que allí se estaba haciendo y los rasgos peculiares del auditorio. De un lado, no son bárbaros aquellos que deliberan, aunque lo hagan sobre una costumbre bárbara y, de otro lado, no es muy persuasivo que, en fase de deliberación, se trate de bárbaros a quienes discrepen de la tesis propia.

Dar pié a la comparación entre mujeres maltratadas y toros maltratados (aunque no sea eso exactamente lo que se dice, hay que prever que así va a ser tomado) son ganas de provocar una reacción en contra de la propia tesis, ya que las mujeres se pueden sentir minusvaloradas y los indecisos pro-taurinos ofendidos. Una persona minusvalorada o una persona ofendida es mucho más difícil de persuadir.

El problema está en que para persuadir hay que tener muy en cuenta el auditorio. Ello obliga a elegir bien los argumentos y, por supuesto, a actuar de una manera respetuosa.

Aristóteles consideraba que la retórica era, como la violencia, una herramienta al servicio de lo mejor y de lo peor. Si bien creía que el que argumenta por la verdad y la justicia tiene cierta ventaja para persuadir, lo cierto es que no es suficiente con tener razón para conseguirlo y hay, por tanto, que manejarse bien en el arte de la retórica. Creo que Mosterín no ha podido hacerlo peor. Incluso su actitud era inadecuada: no convienen las sonrisas desde la tribuna, por más estúpidos que nos parezcan nuestros interlocutores, si es que queremos persuadirlos de algo.

Una última cosa: Me temo que, en el fondo, Mosterín no puede eludir el discurso de los bárbaros y los civilizados porque, también en el fondo, no cree que exista la razón ética: La razón para él es esa facultad instrumental de hilvanar consistentemente medios a fines, pero con respecto a los fines, la única diferenciación que se puede hacer tiene que ver más con la estética que con la ética. Es mejor oír a Mozart que a Bisbal, o leer a Cervantes que a Matilde Asensi, pero ése "mejor" significa sólo que es más culto o refinado. A ver si al final el asunto de los toros es para él lo mismo: o un problema de inconsistencia o de gusto poco refinado.