Es una pena que en el debate sobre la abolición de los toros en Cataluña, que se ha celebrado en su Parlament, los partidarios de las corridas hayan contado con la inestimable ayuda de Jesús Mosterín. Una pena que después de intervenciones tan brillantes como la de Pablo De Lora, todo el interés de los periodistas se haya dirigido hacia las declaraciones de Mosterín.
Jesús Mosterín es uno de los filósofos más interesantes en la actualidad y creo que es justo afirmar que debe ser uno de los que más saben. Pero, como en tantas otras ocasiones, nos encontramos con que un gran filósofo anda muy errado en cuestiones prácticas. En este caso no se trata de que se defienda alguna tesis práctica (ética, política, jurídica, etc.) insostenible, porque yo creo que Mosterín tiene toda la razón en sostener que las corridas de toros deben ser abolidas, de Cataluña y de la faz de la tierra. El problema está en que Mosterín parece creer, seguramente por su formación de lógico, que un buen argumento lo es siempre con independencia del auditorio y de las circunstancias. Igualmente, creo que nuestro valioso filósofo debe considerar bastante irrelevante el aspecto emotivo de las palabras.
Plantear el problema de la abolición como una alternativa entre tribus bárbaras y pueblos civilizados, frente a los indecisos parlamentarios catalanes, es ignorar por completo el sentido de lo que allí se estaba haciendo y los rasgos peculiares del auditorio. De un lado, no son bárbaros aquellos que deliberan, aunque lo hagan sobre una costumbre bárbara y, de otro lado, no es muy persuasivo que, en fase de deliberación, se trate de bárbaros a quienes discrepen de la tesis propia.
Dar pié a la comparación entre mujeres maltratadas y toros maltratados (aunque no sea eso exactamente lo que se dice, hay que prever que así va a ser tomado) son ganas de provocar una reacción en contra de la propia tesis, ya que las mujeres se pueden sentir minusvaloradas y los indecisos pro-taurinos ofendidos. Una persona minusvalorada o una persona ofendida es mucho más difícil de persuadir.
El problema está en que para persuadir hay que tener muy en cuenta el auditorio. Ello obliga a elegir bien los argumentos y, por supuesto, a actuar de una manera respetuosa.
Aristóteles consideraba que la retórica era, como la violencia, una herramienta al servicio de lo mejor y de lo peor. Si bien creía que el que argumenta por la verdad y la justicia tiene cierta ventaja para persuadir, lo cierto es que no es suficiente con tener razón para conseguirlo y hay, por tanto, que manejarse bien en el arte de la retórica. Creo que Mosterín no ha podido hacerlo peor. Incluso su actitud era inadecuada: no convienen las sonrisas desde la tribuna, por más estúpidos que nos parezcan nuestros interlocutores, si es que queremos persuadirlos de algo.
Una última cosa: Me temo que, en el fondo, Mosterín no puede eludir el discurso de los bárbaros y los civilizados porque, también en el fondo, no cree que exista la razón ética: La razón para él es esa facultad instrumental de hilvanar consistentemente medios a fines, pero con respecto a los fines, la única diferenciación que se puede hacer tiene que ver más con la estética que con la ética. Es mejor oír a Mozart que a Bisbal, o leer a Cervantes que a Matilde Asensi, pero ése "mejor" significa sólo que es más culto o refinado. A ver si al final el asunto de los toros es para él lo mismo: o un problema de inconsistencia o de gusto poco refinado.
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