sábado, 27 de febrero de 2010

Demografía

En el ámbito planetario, las dos únicas variables de la demografía son el número de nacimientos y el de muertes. En ámbitos más reducidos, hay que añadir la variable de los movimientos migratorios. El problema está en cómo aproximarse a la realidad sin saber en realidad cuantos habitamos el planeta, cuantos mueren y nacen en un momento determinado o cuantos se desplazan por su superficie. Además, uno de los objetivos fundamentales de la ciencia demográfica es hacer predicciones y, para ello, hay que entrar de lleno en las causas de las muertes, los nacimientos y las migraciones. Una de estas predicciones señala que el planeta estará a finales de este siglo superpoblado, con una población mundial notablemente superior a los 6.500.000.000 de seres humanos.
Malthus, el agorero, ha caído en descrédito. Parece que basta con señalar que obviamente se equivocó con respecto a la capacidad del planeta para dar de comer a esta verdadera plaga humana, para no tomar en consideración su idea central. Amartya Sen ha terminado de darle la puntilla a los pocos maltusianos recalcitrantes demostrando que que no hay una relación directa entre el hambre y las crisis de producción de alimentos. Lo de Sen tiene algo de moda, porque los expertos de la FAO sabían hace muchos años que, por ejemplo, una sobreproducción de alimentos podía estar en el origen de una hambruna. La conclusión a la que todos han llegado parece de perogrullo: el hambre está causada fundamentalmente por la pobreza.
Ridiculizar a Malthus conviene a los que tienen intereses en mantener vigoroso el crecimiento demográfico: Claro, nadie en su sano juicio desea un aumento de la población mundial per se, pero hay muchos intereses espurios en aumentar el número de humanos de cierto perfil. Los gobiernos europeos promueven la natalidad de sus nacionales, porque les aterroriza pensar que su población sea lenta e inexorablemente sustituida por humanos provenientes de países del tercer mundo. Los honorables académicos de la lengua (o de las lenguas) se felicitan de la buena salud reproductiva de sus hablantes: no nos engañemos, la causa fundamental de la expansión del español es la concha (y no me refiero al omnipresente director de la realísima). Pero, sin duda, son las grandes iglesias globales las que más hacen por extenderse vía reproductiva. Con frecuencia oigo decir que la Iglesia Católica se empeña en cosas absurdas, por ejemplo, en condenar el uso del condón. ¡Que ingenuidad! No hay nada absurdo para una organización en promover la familia numerosa si es que se admite la inscripción a la misma de los recién nacidos. Si los católicos deben tener todos los hijos que les mande Dios es porque Dios se los manda directamente a la Iglesia. De ahí la brutal represión de Roma contra los anabaptistas. Esos desgraciados amenazaban la base de su poder. Las grandes religiones positivas compiten entre sí a ver quién consigue parir más adeptos, hablamos ya de cantidades cien millonarias o mil millonarias de adeptos.
No creo que Malthus anduviera desencaminado. La biosfera está empezando a sentir nauseas de una empacho irremediable de seres humanos. Si no fuera por las guerras, el hambre y las enfermedades colapsaría el planeta en pocas décadas. Luchar contra estos males de la humanidad y seguir promoviendo la natalidad es criminal. No creo que nadie esté dispuesto a defender públicamente que estos males son, all things considered, bienes, así que lo único decente es promover una disminución de la natalidad.

jueves, 25 de febrero de 2010

Moby Dick y "menos es más"

Durante muchos años, leía Moby Dick en verano. Con el tiempo fui comprando diversas ediciones y pude comprobar las variaciones tremendas que hay de una a otra según el traductor. Sin embargo, dado que la versión original es muy larga, no es infrecuente descubrir que la edición que tienes en las manos está acortada. En particular, se suelen acortar las consideraciones primeras del protagonista, Ismael, en las que se nos explica por qué se embarca en un ballenero. Estas consideraciones son tremendas. Allí se nos dice que la razón principal para embarcarse es que se trata de un "sucedáneo (o sustituto) del tiro de pistola" y que, además, hay que hacerlo como marinero y no como pasajero, puesto que sólo lo primero supone una alienación total de la carga de decidir. Precisamente, la frase del "sucedáneo" se suele eliminar. Supongo que la razón principal es que encaja mal con la idea de que se trata de una novela orientada a un público juvenil e, incluso, infantil; idea que es un disparate.
La cuestión que me parece muy digna de reflexionar es ésta de "embarcarse" en algo que no tiene vuelta atrás y que nos alivia de la responsabilidad y el coste de andar decidiendo a cada paso qué hacer o no hacer. La racionalidad de fondo de esta conducta parece descansar sobre el tópico de que a veces "menos es más" o "menos es mejor". De acuerdo con este tópico, no es verdad que siempre sea racional preferir más opciones de acción, más oportunidades, que menos. Erich Fromm ha visto el asunto en términos psicológicos, afirmando la existencia de un miedo a la libertad que nos empuja a estos embarques. A su juicio, de esta manera se explica, ni más ni menos, que los alemanes entregaran toda su libertad a la conducción de un líder liberticida. Algo parecido hace el bueno de Ismael que se somete a la férula de un enloquecido capitan Acab, el cual termina llevando toda su tripulación, igual que Hitler, al desastre.
Sin embargo, más allá de las indagaciones psicológicas, es importante considerar si tal comportamiento puede ser, en ciertas circunstancias, racional. Jon Elster piensa que sí y, además, considera que se trataría de una concepción de la racionalidad central para la acción humana, individual y colectiva. Pensemos, por ejemplo, en una de las ventajas del libro electrónico: podemos llevar en la máquina cuando nos vamos de viaje, no sé, quinientos títulos a la vez. Desde luego, que uno puede limitarse a leer de cabo a rabo uno sólo de los libros, pero si cambia de opinión tiene 499 más para elegir. Parece que se trata, efectivamente, de una ventaja. Yo no estoy tan seguro: Por un lado, si bien ya no tendré que decidir cuidadosamente mientras hago la maleta qué libro o libros me llevo (siempre serían muchos menos, claro), a lo largo del viaje me quedará la inquietud de estar eligiendo bien, dado que tengo tantas opciones abiertas. De otro lado, la posibilidad de divorcio literario instantáneo y sin coste (quedarme sin lectura), me puede hacer no terminar libros que, de otra manera, me hubieran producido mucha satisfacción. A la larga, puedo acabar siendo un lector inconstante y superficial, que hojea pero no profundiza.
Es famosa la historia de Hernán Cortés quemando las naves. Se trata de los mismo, pero a la española. La cosa es que le salió bien. Heródoto nos cuenta, por el contrario, que Darío se salvó de milagro en su huida de los escitas porque un sabio consejero le disuadió de destruir el puente, como era su intención, que los persas habían construido sobre el Danubio.
En definitiva, que parece cierto que, en ocasiones, menos es más, pero el problema es saber cuándo. Con todo, no es poca cosa darse cuenta de que no necesariamente disponer de más opciones es mejor; lo cual incluye al dinero, que es el gran hacedor de opciones.


lunes, 22 de febrero de 2010

Bolonia

Leo en Revista de Libros una reseña que José Luis Pardo hace a un par de libros sobre la universidad. Uno de ellos es el de Bermejo: "La fábrica de la ignorancia. La universidad del "como si". El artículo de Pardo se llama "Ignorancia a la boloñesa". Estoy muy de acuerdo con lo que allí se dice, pero creo que el autor termina naufragando en las mismas aguas que, desde el comienzo, advierte como aguas peligrosas. Efectivamente, es muy difícil explicar el asunto. Quizás Bermejo lo haya conseguido en su libro, que no he leído. Me imagino a Pardo releyéndose y meditando sobre cuál es su lector, evaluando si consigue transmitir el cogollo del asunto. Al final, termina dedicando más espacio a explicar por qué esto de Bolonia es tan difícil de entender que a la explicación del proceso en sí. En todo caso, con mucha lucidez, Pardo se detiene a insistir en en que de lo malo (la situación actual de la Universidad) se puede pasar a lo peor (la Universidad boloñesa).
Me pregunto si este tema de Bolonia no es de los que sólo se pueden explicar en general por medio de contar lo muy particular. Un ejemplo: Cuando se inició el dichoso proceso, una de las primeras medidas fue destinar fondos a la creación de redes (grupos de profesores), con el objetivo de elaborar guías docentes (una especie de plan detallado de qué se iba a dar, cómo y cuándo), adaptadas a Bolonia, esto es, midiendo todo el trabajo del estudiante (en clase y fuera de ella) en los famosos créditos europeos (ECTS). Dichas redes constituían la base para la adaptación de todas las licenciaturas y diplomaturas (grados) a Bolonia. No sé la cantidad de dinero que consumió este programa, pero sé que no fue desdeñable. Las redes trabajaron sometidas a la supervisión de un grupo de expertos en pedagogía que convertían a los profesores en absolutos legos de la docencia. Se elaboraron los documentos, se publicaron y se completaron los diversos programas, a lo largo de varios años y por todos los centros universitarios. La mayoría de los que participaron en las redes eran profesores jóvenes a los que convenía dicha participación como mérito en los procesos de acreditación y habilitación docente.
Después llegó el momento de constituir las comisiones de reforma de grado. Pues bien, en ellas el trabajo de las redes no se utilizó en absoluto. A las comisiones, o bien fueron los directores de departamento (ausentes en las redes), o bien delegados suyos con instrucciones muy precisas. La estructura de los planes no se diseñó, se negoció. La negociación no se hizo, por supuesto, centralmente en las comisiones sino en conversaciones privadas, con frecuencia alcahuetadas por los decanatos y direcciones de centro.
En resumen, todo el tiempo y dinero dedicados a las redes se podía haber ahorrado: bastaba con saber el número total de créditos disponible y, a partir de ahí, negociar qué parte corresponde a cada área o departamento.
¿Un derroche más de fondos públicos? Sí, pero un derroche menor en todo caso. El problema no es tanto el dinero como que con las redes comenzó a confeccionarse el invisible traje del rey que, desde entonces hasta ahora, se pasea por ahí desnudo, mientras que las autoridades académicas le alaban la elegancia.


sábado, 20 de febrero de 2010

Claro, la Universidad

Hace tiempo que tengo ganas de poner blanco sobre negro algunas de mis opiniones sobre la Universidad, que es donde trabajo. No se trata, sin embargo, de un ajuste de cuentas.

Quiero centrarme ahora en algo muy sorprendente: en la Universidad española no existe el hábito de la discusión. En mi departamento somos muy discutidores y, durante un tiempo, yo generalizaba los rasgos de mi departamento a toda la Universidad. Pero con el paso de los años me he dado cuenta de que se trata de una rareza. Lo habitual es que un académico nunca discuta sus trabajos con los colegas que tiene más próximos. La polémica, si es que se produce, puede tener lugar en la forma de una refutación formal a través de una publicación o, más difícil todavía, en un debate público en algún congreso. Pero esto también es inusual.

Así que, si alguien tiene vocación universitaria, que no espere verse envuelto en muchos diálogos socráticos. Más bien, se la pasará a solas investigando y, luego, haciendo valer lo investigado en una secuencia de actos que se convierten en puros trámites.

La explicación de esta corrupción de la vida académica tiene que ver, claro está, con muchas y diversas corruptelas. Tan sólo quisiera señalar tres factores: En primer lugar, hay demasiada insigne (por el escalafón) mediocridad que no puede permitirse el lujo del debate. En segundo lugar, también hay mucha incipiente (también por el escalafón) mediocridad que no siente ninguna necesidad de tal debate. En tercer lugar, hay quienes, aun teniendo un buen nivel, se acomodan en esa suerte de cacicato en que se han convertido muchos departamentos universitarios.

El hecho es que, de todos los males que aquejan a la academia, éste, siendo principal, tiene una solución bastante fácil: se trata de abrir espacios de discusión libre, de atreverse a presentar los trabajos de uno a la consideración de los otros, de exponerlos en seminario, etc.

En Alicante, en la facultad de derecho, hace ya algunos años que un grupo de profesores estamos en ésas con un seminario mensual. Pasamos nuestros momentos mejores y peores de asistencia, pero seguimos erre que erre. Cómo estarán las cosas que la iniciativa tiene algo de revolucionaria.

La momia de Jeremías Bentham


En ésta mi primera entrada en mi primera experiencia como "bloguero" quiero justificar el título que he elegido: la momia de Jeremías Bentham.
Cuando conocemos a alguien es normal que obtengamos lo que llamamos una "primera impresión". La expresión "primera impresión" sugiere el ánimo de no convertir esas impresiones en definitivas, para no ser injustos. No hay que dejarse llevar, pensamos, por las primeras impresiones. Sin embargo, es muy probable que su incidencia en nuestros juicios sea irremediablemente excesiva. Algo similar pasa con las grandes obras de los grandes pensadores. Kant, por ejemplo, me produce una primera impresión de rigurosa seriedad. Al contrario, el pensamiento de Bentham resulta de buenas a primeras alegre. Bentham nos habla de proporcionar la mayor felicidad para el mayor número. Está empeñado en limpiar a la ética de prejuicios, metafísica y supercherías, en asentar las opiniones sobre juicios de hecho contrastados, en hacer que la humanidad salga ganando con la ética. Claro, la profundización en su pensamiento es harina de otro costal. Ahí vienen las críticas y las consecuencias inaceptables. Con el tiempo, la primera impresión casi se desvanece.
Sin embargo, la historia de la momia de Bentham me reconcilia con él. Bentham, su momia, está expuesta en el University College de Londres. Yo no la he visto en vivo, si se me permite la expresión. He visto fotos en la red y lo he leído por ahí en diversas ocasiones. Tampoco conozco los detalles de la historia. El hecho es que se le puede ver sentado, con ropa de época, en una especie de caseta de madera (como un confesionario) y una expresión amable en el rostro. La cabeza está cubierta por un gracioso sombrero de ala ancha y en una de las manos (no siempre la misma, según las fotos) lleva un bastón. El rostro que vemos corresponde a una máscara. La cabeza original anda por ahí: eventualmente a los pies de la momia (bastantes desfigurada); en otras ocasiones, guardada no sé dónde. Por supuesto, corren las consabidas leyendas de gamberradas de los estudiantes con la cabeza del pobre Bentham.
Cuando me enteré de esta curiosa historia (seguramente lo raro es que no me hubiera enterado antes), estaba explicando en clase precisamente la iusfilosofía benthamita. Se me ocurrió entonces llevar a los alumnos las fotos de la momia para que, more bolonia, recordaran más fácilmente quién era Bentham. También transmití a los alumnos mi particular interpretación del asunto (sin pretender que era la interpretación verdadera, pero sí una interpretación plausible): La momia de Bentham es la antítesis de la momia de, pongamos, Lenin. Esta última es solemne, grandiosa y trata de perpetuar una especie de veneración postmorten para que los vivos no olviden el peso de la historia; es como si la muerte fuera poca cosa para acabar con la gigantesca memoria del personaje. La momia de Bentham es todo lo contrario: también quiere burlar a la muerte, pero burlarla burlándose de la propia insignificancia. Pienso que Bentham aplicó el principio utilitarista al hecho inevitable de su propia extinción, se le ocurrió hacer algo divertido para los demás con sus restos y, siendo más divertido que la inhumación, estaba, aplicando el cálculo utilitarista, obligado pedir su momificación antes que su inhumación. De esta manera, Bentham contribuye, después de muerto, a la mayor felicidad del mayor número.
Un razonamiento similar se me ocurre para publicar un blog: hacer algo que me divierte a mí y que puede divertir a otros con mis restos, en este caso, intelectuales, en mi tiempo libre. Añado lo del tiempo libre porque en mi cabeza tengo también a Kant y me lo imagino con el ceño fruncido ante estas frivolidades. Creo, sin embargo, que hasta Kant admitiría que hay tiempo libre, aunque no estoy muy seguro.
Por último, he de confesar que con esto busco hacer algo de terapia. Si escribo para mí, lo dejo porque no me tomo tan en serio. Si sé que me van a leer, me preocupo de hacerlo bien porque me preocupa lo que los demás piensen de mí. Pero como es un blog, no estoy sometido a los rigores y tensiones del trabajo investigador. En conclusión, creo que el blog puede ayudar a que la creatividad no fenezca bajo el peso del rigor, porque el rigor aquí ya no es tan importante.