En el ámbito planetario, las dos únicas variables de la demografía son el número de nacimientos y el de muertes. En ámbitos más reducidos, hay que añadir la variable de los movimientos migratorios. El problema está en cómo aproximarse a la realidad sin saber en realidad cuantos habitamos el planeta, cuantos mueren y nacen en un momento determinado o cuantos se desplazan por su superficie. Además, uno de los objetivos fundamentales de la ciencia demográfica es hacer predicciones y, para ello, hay que entrar de lleno en las causas de las muertes, los nacimientos y las migraciones. Una de estas predicciones señala que el planeta estará a finales de este siglo superpoblado, con una población mundial notablemente superior a los 6.500.000.000 de seres humanos.
Malthus, el agorero, ha caído en descrédito. Parece que basta con señalar que obviamente se equivocó con respecto a la capacidad del planeta para dar de comer a esta verdadera plaga humana, para no tomar en consideración su idea central. Amartya Sen ha terminado de darle la puntilla a los pocos maltusianos recalcitrantes demostrando que que no hay una relación directa entre el hambre y las crisis de producción de alimentos. Lo de Sen tiene algo de moda, porque los expertos de la FAO sabían hace muchos años que, por ejemplo, una sobreproducción de alimentos podía estar en el origen de una hambruna. La conclusión a la que todos han llegado parece de perogrullo: el hambre está causada fundamentalmente por la pobreza.
Ridiculizar a Malthus conviene a los que tienen intereses en mantener vigoroso el crecimiento demográfico: Claro, nadie en su sano juicio desea un aumento de la población mundial per se, pero hay muchos intereses espurios en aumentar el número de humanos de cierto perfil. Los gobiernos europeos promueven la natalidad de sus nacionales, porque les aterroriza pensar que su población sea lenta e inexorablemente sustituida por humanos provenientes de países del tercer mundo. Los honorables académicos de la lengua (o de las lenguas) se felicitan de la buena salud reproductiva de sus hablantes: no nos engañemos, la causa fundamental de la expansión del español es la concha (y no me refiero al omnipresente director de la realísima). Pero, sin duda, son las grandes iglesias globales las que más hacen por extenderse vía reproductiva. Con frecuencia oigo decir que la Iglesia Católica se empeña en cosas absurdas, por ejemplo, en condenar el uso del condón. ¡Que ingenuidad! No hay nada absurdo para una organización en promover la familia numerosa si es que se admite la inscripción a la misma de los recién nacidos. Si los católicos deben tener todos los hijos que les mande Dios es porque Dios se los manda directamente a la Iglesia. De ahí la brutal represión de Roma contra los anabaptistas. Esos desgraciados amenazaban la base de su poder. Las grandes religiones positivas compiten entre sí a ver quién consigue parir más adeptos, hablamos ya de cantidades cien millonarias o mil millonarias de adeptos.
No creo que Malthus anduviera desencaminado. La biosfera está empezando a sentir nauseas de una empacho irremediable de seres humanos. Si no fuera por las guerras, el hambre y las enfermedades colapsaría el planeta en pocas décadas. Luchar contra estos males de la humanidad y seguir promoviendo la natalidad es criminal. No creo que nadie esté dispuesto a defender públicamente que estos males son, all things considered, bienes, así que lo único decente es promover una disminución de la natalidad.