viernes, 31 de mayo de 2013

Una profunda falta de respeto por la vida y la dignidad humanas

La Iglesia Católica, que se presenta como la gran defensora en este principio de siglo de la vida y la dignidad humanas, muestra, sin embargo, una profunda falta de respeto tanto por la vida como por la dignidad humanas.

Muestra una profunda falta de respeto por la vida puesto que defiende con total frialdad el sacrificio de una vida, si es que dicho sacrificio es exigido por un razonamiento cuyas premisas son teológicamente validadas. En esto se muestra cruelmente irrazonable.  Hace algunos años, se abrió la posibilidad de curar casos graves de leucemia infantil, mediante el procedimiento de utilizar una técnica de reproducción humana asistida que asegurara un embarazo, por medio de la selección de embriones, de un hermano histocompatible, de manera que se pudieran obtener posteriormente células del cordón umbilical para repoblar la médula del enfermo. Cuando una pareja española consiguió de esta manera salvar la vida a su pequeño primogénito, la Conferencia Episcopal Española se apresuró a sostener que "el nacimiento de una persona humana ha venido acompañado de la destrucción de sus propios hermanos, a los que se les ha privado del derecho a la vida" (El País, 26 de octubre de 2008). Con lo de "propios hermanos" se refería a los embriones no implantados en el procedimiento. Dicho de otro modo, la Iglesia exigía el sacrificio del niño enfermo para preservar la vida de los embriones in vitro.
Cualquier persona que de buena fe se tome en serio el problema y trate de dar una respuesta razonable al mismo, estará dispuesta a considerar el asunto a partir de sus principios pero también a considerar sus principios a partir del asunto. Cualquier persona razonable se da cuenta de que no se le puede decir al niño enfermo que por razones morales debe morir puesto que sus intereses pesan lo mismo que los de unos embriones in vitro. Decir esto es no tener respeto por la vida humana. En realidad, la Iglesia más que a la vida o al sufrimiento humano le muestra respeto a la autoridad sapiencial de sus jerarquías (porque están mezcladas las ideas de verdad y autoridad, hasta el punto que para ellos la verdad es lo que dice la autoridad). Así que si en un momento histórico alguna autoridad eclesiástica ha venido a decir que la verdad es que Dios insufla el alma en el momento de la concepción (desdiciéndose de la verdad establecida con anterioridad, por ejemplo que Dios insufla el alma cuando lo gestado tiene forma humana), entonces los príncipes de la Iglesia aplican el principio, como una mera derivación lógica, a los problemas de la realidad, con independencia de cuán aberrantes sean sus consecuencias.
Para proceder de esta manera, para pensar así los problemas éticos, hace falta algo más que una mera idea: hace falta desprenderse de la empatía, de la humanidad que se compadece del sufrimiento y del deseo de ponerle fin. Estos príncipes de la Iglesia están preparados para ello: envueltos en el sostenimiento de un patriarcado medieval, alejados de la parte femenina del mundo, condenados a un celibato que, como mínimo, les hace imposible experimentar, al menos sin contradicción, el calor y la ternura de una caricia; preparados, en definitiva, para defender el dogma contra el hombre.
La Iglesia muestra una falta profunda de respeto por la dignidad y la vida humanas cuando quiere obligar a una mujer, bajo la amenaza de cárcel, a gestar a un niño anancefálico, que no podrá sobrevivir más de veinticuatro horas fuera del claustro materno, aun cuando dicha gestación pueda desembocar con muchas probabilidades en la muerte de la gestante (y, por ende, del niño). A la mujer se la quiere privar de esta manera del derecho a decidir sobre su propia vida y se la convierte en un puro instrumento al servicio del respeto de una idea teológica, una pura abstracción, episódicamente triunfante en los interminables debates teológicos, que se quiere imponer contra la libertad religiosa y sean cuales sean las consecuencias.
En definitiva, para la Iglesia Católica el problema de esta chica de 22 años de El Salvador, que se halla en tan terribles circunstancias, no es, paradójicamente, ni siquiera un problema, en el sentido de una cuestión que merece ser considerada en serio. De ahí que arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, advierta a las personas que promueven el aborto en este caso que "no lo hagan por caridad, no es justo" (Agencia EFE, 21 de abril). Esto significa que ninguna circunstancia puede abrir la puerta a la revisión de los dogmas, ni siquiera para considerar la posibilidad de una excepción. La falta de respeto por la vida y la dignidad humanas es enorme. 

1 comentario:

  1. Querido Macario, muchas gracias por tu crítica, que no me molesta sino todo lo contrario. Nada mejor que poder contrastar pareceres, y más todavía cuando es con personas que saben de esto (dado que en materia de "paternalismo jurídico" poco se te puede decir a ti que pueda servirte y en cambio los demás contigo aprendemos siempre sobre el tema).

    Justamente retomando lo que si no recuerdo mal formaba parte de una de las tesis de tu libro (si bien en tu caso apelando a la ponderación como elemento a tener en cuenta a la hora de llevarla a cabo en estos temas), y si me equivoco me corriges, y que por otro lado aparece de nuevo ínsito en la argumentación y contraejemplos que das, creo que hay un elemento diferenciador entre intervenciones paternalistas admisibles, como la mayoría de las que listas, y otras que no, como para mí sería el caso del casco: que se afecte a la libertad de los demás sólo y exclusivamente "por su bien", cuando a los demás y a la sociedad en su conjunto ni le va ni le viene (o le va y le viene muy limitadamente) lo que uno haga con su vida.

    En este punto, una perspectiva "paternalista" quecreo cuadra bien con las tesis de tu fantástico libro podría aceptar estímulos, fomento, pequeños empujoncitos (los "nudges" de los que hablaban Sunstein y Thaler en su libro reciente), pero ¿restricciones a la libertad en forma de prohibiciones?

    Quizás la discrepancia esencial entre cómo lo ves tú y cómo lo veo yo es que piensas que, en última instancia, mi argumento es tramposo porque, en el fondo, acaba "ponderando" cuando dice que no lo hace (dado que, a fin de cuentas, ¿acaso hay actos que no afecten NADA de NADA a los demás?) con lo que no habría casos puros de actos 100% de efectos exclusivamente privados y los mínimos efectos que nos parecen despreciables nos lo parecen por "ponderación". No puedo negar que ahí quizás haya una falla argumental, aunque creo posible establecer un "umbral" de incidencia razonable en en los demás donde quede descartada toda la tan nimia que en puridad sería despreciable.

    No sé si me explico bien. En todo caso, gracias por la crítica y el comentario, que me ha hecho pensar un poco más sobre el tema, estar mucho menos seguro de lo que decía y que, además, me va a forzar a volver a mirarme tu libro, lo que siempre será un placer.

    Un abrazo.

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