La religión política que profesa el divino Vargas Llosa le ha empujado a publicar un artículo salvándole la cara al movimiento “Tea Party” que se titula “Las caras del Tea Party” (El País, 24 de octubre de 2010). Supongo que en el momento en que sus admirados lectores de izquierdas más dispuestos estamos a la reconciliación, satisfechos por la concesión del premio Nobel, Vargas Llosa ha sentido la llamada del sacrificio, de la imprecación religiosa y de decir como Jesucristo cuando sus hermanos y su madre querían verlo en público que no, que mis hermanos son estos otros. Eso sí, con la confianza proselitista de que nos acerquemos a sus ideas.
La idea principal del artículo está resumida en su título. El “Tea Party” no sólo es una cuestión de radicales aberrantes de ultraderecha partidarios de las armas, homófobos, integristas religiosos, etc. Pensar que sólo es eso, nos dice nuestro querido escritor, es “pura paranoia o afloración de deseos reprimidos de los enemigos de Estados Unidos”.
Los argumentos de Vargas Llosa son básicamente que 1) el Tea Party complica más la vida a republicanos que a demócratas, 2) no es un partido político sino un movimiento, y 3) en la entraña de dicho movimiento (por debajo de sus dirigentes y su cara más visible) hay algo “sano, realista, democrático y profundamente libertario”, a saber, “el temor al crecimiento desenfrenado del Estado y de la burocracia”.
Los dos primeros argumentos creo que son totalmente irrelevantes. Los movimientos de ultraderecha siempre complican más la vida electoral de los partidos de derechas que la de los de izquierdas, aunque terminan complicando la vida de todos los ciudadanos. Podría decirse aquello de “chocolate por la noticia”.
El tercer argumento, que no se puede decir que sea irrelevante, tiene dos partes. La primera es la disociación entre lo que el Tea Party parece ser y su entraña escondida. Es un ejemplo de una forma de argumentar muy común que distingue la apariencia de la realidad. Así, cuando decimos de alguien que en el fondo es una buena persona (o lo contrario), pretendemos señalar que las apariencias son engañosas. A mi juicio, hay que desconfiar de su uso en los juicios de reproche y alabanza y, muy en particular, en la acción política. Uno podría distinguir entre las apariencias y las entrañas de, por ejemplo, el nazismo; señalando que, a pesar del irracionalismo de sus propios dirigentes, surgía de la justa reivindicación de derechos para las clases populares alemanas. Al contrario también se podría argumentar de esta forma diciendo que los judíos alemanes, a pesar de su apariencia de buenos ciudadanos, entrañaban una perversión moral “oculta”. Creo que es más confiable juzgar a las personas y a los movimientos por sus acciones y declaraciones públicas. No hay nada más abyecto que la condena de alguien porque “tiene una cara oculta” sin que se pueda precisar qué es lo que hizo o dijo para merecer tal condena. Igualmente, no hay exculpación más ilegítima de una persona que aquella que pretende simplemente que, a pesar de lo que hizo o dijo, en el fondo ello no refleja su auténtico ser. No hay auténtico ser: somos lo que hacemos y decimos.
Decía que el argumento tiene una segunda parte: la entraña valiosa del Tea Party es su lucha contra el Estado. El Estado, ése ente perverso en la religión de Vargas Llosa, que, entre otras perversidades, es capaz de crear “sistemas llamativos de asistencia social que sólo podrán financiarse con subidas sistemáticas de impuestos, lo que se traducirá en caídas de los niveles de vida de las clases medias y populares”. Sobre esta última frase: “no comment”. La perversidad natural del Estado reside, de acuerdo con nuestro admirado escritor, en que pretende, con el dinero de otros, llevar a cabo políticas públicas sustituyendo la iniciativa privada de los ciudadanos que pueden invertir SU dinero en aquello que consideran “justo y necesario” (Amén). Ese adjetivo posesivo “SU” referido al dinero de los ciudadanos resume toda la iniquidad del credo vargasllosiano. Debe ser un milagro de su Dios (representado, imagino, por una mano invisible) que el estatus quo en la sociedad civil refleje un orden legítimo, que el joven negro de Baltimore que nació en la marginación no tenga SU dinero para invertir en causas justas y necesarias (por ejemplo, su propia educación) y que el joven blanco de Nueva Inglaterra nacido en la abundancia tenga la libertad de decidir qué hacer con SU dinero (bueno, el de papá por el momento) para invertirlo en causas justas y necesarias (¿la educación del joven negro?). En fin, qué más se puede decir.
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